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Llegar a un mundo virtual es tan alienante como llegar al mundo de  carne,  piedras y fluidos; una avalancha de información, un quejido de desconcierto, no se entiende nada, aunque llegar a la vida en Second Life (SL) no le duele a nadie. Después de entrar a este mundo virtual con más de 13 millones de habitantes y pasar una hora quitando las facciones de elfo de mi avatar (el alter ego que uno utiliza en el  mundo virtual, un personaje tridimensional animado) mi primera experiencia fue  visitar un museo de arte europeo en Dresden, no sé como  recibí la invitación para ir a él, pero la compartí con una venezolana que acababa de crear su personaje. Al teletransportarme de ahí llegué a un aeropuerto donde un hibrido entre fisicoculturista y pavo real neón bailaba repetitivamente, eso no fue extraño, lo raro fue la orgía en el jardín afuera del aeropuerto donde  se amancebaban, cantaban bailaban y se contorsionaban mujeres excesivamente sensuales, hombres musculosos, un mono plástico gigante y unos cuantos licántropos.

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Fuera de ahí, en una zona de ayuda para neófitos, Raymond Nigthfire, un voluntario que guía a los recién llegados en la forma de un pequeño androide, me dio tips y algunos destinos; eso me permitió adquirir gratis un hibrido entre zepelín y bicicleta, conocer monasterios, museos de lo arcano y lo bizarro, villas de lujo y finalmente a Herman Bergson, un filósofo que compró terreno y construyó su casa en SL donde ha dado 194 clases de filosofía en los últimos cuatro años, Herman llegó por medio de su hijo que entonces tenía 16 años y ahora tiene una cuenta con 16.491 Liindens (la moneda oficial de este mundo virtual) y un fiel grupo de estudiantes. Hablaba con Julz, una mujer que entra a SL con toda su familia, usa un avatar Neko ( toda una subcultura que usa rasgos humanos con orejas y cola de gato), y se gana su segunda vida bailando en un bar donde las sillas y el tubo de streap tease pueden mover a su avatar con pasos de baile para entretener a sus clientes. Lo extraño es que en medio de posibilidades infinitas, sin conocer a nadie, Second Life puede ser verdaderamente aburrido.

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