Escucha

Un santo dijo: no llamen esposa y esposo a aquellos que se sientan juntos,  llama esposos a aquellos que son una luz brillando en dos cuerpos; escuchar es como un verdadero matrimonio.

Todos lo necesitamos, lo buscamos, llamamos a media noche a nuestros amigos, ex esposos y ex novios, hablamos con nuestras mascotas, nuestras plantas, solos; nuestro diálogo interno nunca se detiene. Hay momentos en que sentimos que si no hablamos vamos a estallar, que el silencio nos devora, que el dolor, la angustia y la preocupación hierven, que una alegría no es plena si no la contamos, y cuando encontramos a alguien le contamos por una hora nuestros problemas aunque no lo conozcamos bien, aunque apenas nos haya saludado; todos necesitamos ser escuchados, pero pocos, muy pocos escuchan, si quiera un poco.

Es comprensible que quienes jamás hemos pasado hambre no comprendamos cuan terrible es no tener que comer, que tan devastador es para la mente y el cuerpo, o que quien no ha vivido una guerra no pueda hacerse una idea de cuan aterradora es; pero todos, todos hemos necesitado ser escuchados, desde antes de poder caminar, ir al baño o pensar en palabras, cuando aún somos bebés y lanzamos un quejido, llorando por horas si es necesario, sabemos que necesitamos ser escuchados. Pero aún así no escuchamos.

Tal vez sea porque siempre nos estamos escuchando a nosotros mismos, es un hábito tan constante que es difícil de romper, y cuando alguien nos habla lo seguimos haciendo, en nuestra mente seguimos hablando, y esperamos que el otro haga una pausa para poder hablar.

Una clave para escuchar es el silencio, verdadero silencio, físico e interno, no interrumpir mientras el otro habla, no pensar en mis asuntos mientras escucho. Los místicos y teólogos han sabido por siempre que como es arriba es abajo, y como es fuera es adentro; al igual que no podemos escuchar  algo si hay mucho ruido a nuestro alrededor, no podremos escuchar a alguien si no controlamos el ruido en nuestra mente. El silencio no es  la ausencia de sonido, es escuchar hacia dentro, puede ser un sonido atronador; se ha dicho que los grandes músicos componen buscando el silencio.

Aquellos que oran, meditan, o tratan de conciliar el sueño dando vueltas en su cama saben bien cuán difícil es lograr el silencio interno, como pueden pasar horas seguidas tratando de conseguirlo y solo alcanzarlo por fragmentados minutos. No es exageración alguna, hablamos con nosotros mismos prácticamente cada segundo de nuestra vida consiente. Es difícil contrarrestar un hábito tan arraigado, es como aprender a no respirar, a dejar inmóvil el corazón y seguir viviendo.

Si no es posible parar el diálogo interno es posible guiarlo. No solo hablamos en nuestra mente constantemente, sino que hablamos casi exclusivamente de nosotros mismos; podemos aprovechar esa costumbre omnipresente y darle un nuevo cauce, si siempre estamos pensando en alguien podemos pensar en los demás, no es tan difícil, sólo hay que querer hacerlo.

Ya que el egocentrismo define nuestro pensar y nuestra vida, el egocentrismo puede ser nuestro punto de partida, podemos pensar como me sentiría YO si me ocurriera aquello que me están contando, como me he sentido cuando me ha pasado; si se consigue esto, surge una identificación con los demás, YO me identifico con el otro, y así puedo escucharlo.

Ponerme en el lugar del otro, hacer de su problema algo mío, aunque sea por in minuto, mientras hablamos, si consigo esto estoy escuchando, ni si quiera es algo que tenga que ver con los oídos, tan solo con el corazón, dicen que cuando las personas gritan sus corazones están muy lejos y por eso tienen que alzar la voz para alcanzar a escucharse.

La curiosidad es otro camino, si me preocupo o intereso por lo que alguien me está diciendo, y verdaderamente quiero comprenderlo, podré escucharlo. La curiosidad hace que enfoquemos la atención; cuando nuestra atención se centra en las palabras, en su significado, el sentimiento o la realidad que transmiten, estamos escuchando, para esto debemos querer saber qué se nos está diciendo.

La humildad es otra vía, o acaso un requisito, si creo que soy demasiado importante para atender lo que el otro me dice, o que soy suficientemente inteligente o sabio para no tener que atender a lo que alguien me está diciendo porque lo comprendo de antemano, no podré escucharlo, estaré escuchando mis pensamientos sobre lo que creo que me está diciendo basado tan solo en sus primeras palabras y la primera impresión que recibí de ellas.

Cuando creo que conozco plenamente a otro y no tengo que escucharlo para entenderlo  se detiene el dialogo, por eso muchos matrimonios se distancian; viven una preconcepción del otro, sin atender a lo que verdaderamente está ocurriendo, el presente, lo que el otro le está diciendo.

Para escuchar hay que estar dispuesto, tal vez sea esto lo más importante, querer hacerlo, o si no se quiere, por ocupaciones, cansancio, o distancia hacia la otra persona, realizar el esfuerzo consciente de darle la atención plena al otro. Si consigo esto, muy probablemente podré escucharlo.

Por supuesto para escuchar hay que estar atento; cualquiera de los caminos que se han mencionado en estos párrafos puede llevar a que le demos nuestra atención al otro.

Algunos sicólogos creen que la única terapia efectiva es escuchar a sus pacientes, no decirles cosas guiando sus memorias ni aconsejarlos, tan solo dejar que hablen, alcanzar la catarsis. Hablar cura cuando sabemos que somos escuchados.

Los ojos son un puente, no es necesario fijar la mirada obsesivamente, pero ver en los ojos del otro solo un momento, descubrir que quien nos habla es alguien, un ser, un alma que existe, piensa y siente tan intensamente como nosotros nos puede llevar a escuchar, no a un lugar social habitual en el que dos personas hablan, sino al reino íntimo en que dos seres se comunican, se tocan, se afectan, se reconocen mutuamente y la soledad desaparece por un instante. En India se cree que el Darshan, la mirada plena, transmite la esencia del alma.

Cuando dos personas se escuchan, son una sola luz brillando en dos cuerpos.