Vivir sin sueloBogotá, Colombia, agosto 22 — Esteban Collazos, uno de los cuatro millones de desplazados de Colombia, a sus 66 años, ha tenido que recoger los cadáveres de víctimas de grupos armados desde que era un niño y sido forzado a abandonar su tierra en cuatro distintas ocasiones, trasladándose a diferentes provincias del sur y occidente colombianos.
El desplazamiento forzado sigue aumentando en Colombia a causa del rearme de grupos paramilitares supuestamente desmovilizados gracias a negociaciones con el gobierno desde el 2004, hoy existen cerca de 82 grupos paramilitares asesinando, torturando y sacando de sus tierras a inocentes en todo el país.
Aunque La gran mayoría de las personas obligadas a abandonar sus hogares violentamente en Colombia no tienen recursos para salir del país, se calcula que unas 500.000 personas han cruzado las fronteras escapando del conflicto; en Colombia el desplazamiento forzoso es un fenómeno interno.
De acuerdo a la agencia de la ONU para los refugiados ACNUR, Colombia tiene la mayor cifra de desplazados internos del hemisferio occidental, y la segunda población desplazada del mundo después de Sudán. Desde el 2008 el número de personas desplazadas se ha incrementado después de haber disminuido durante tres años.
Aunque La Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional insiste en que el desplazamiento ha disminuido, distintas entidades civiles como la consultoría para los derechos humanos y el desplazamiento  CODHES indican lo contrario; de acuerdo a esta organización entre el 2007 y el 2008 el desplazamiento aumentó un 24,7%, tendencia que se mantiene durante el 2009.
Esteban llegó huyendo a Bogotá hace seis meses, y lleva dos viviendo en un refugio junto a otras ciento cuarenta personas de todas partes del país. ¨Sé criar gallinas, cerdos, cultivar peces, sembrar maíz… como hace falta la tierrita” dice, solo quiere trabajar en el campo como lo ha hecho toda su vida, pero en Colombia, esto es cada vez más difícil, se calcula que seis millones de hectáreas  – sesenta mil km²-  han sido quitadas a los campesinos por los grupos armados, un área de dos veces el tamaño de Bélgica.
Esteban tuvo que recoger los cadáveres destrozados de sus 4 sobrinos de 18 años de edad en la zona de San José del Guaviare  al sur oriente de Colombia, los acribillaron por vender coca, no por el hecho de venderla, sino por venderla a un comprador y no a otro. El fuego cruzado es el principal problema de los campesinos; A lo largo de Colombia, operan simultáneamente  grupos guerrilleros y paramilitares combatiendo por el control de la zona.
Tal es el caso de una mujer procedente del municipio de Líbano, Tolima, al sur de país que escribe su historia reservando su nombre para no ponerse en peligro. Su familia era extorsionada por el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, un grupo guerrillero; cuando su esposo decidió dejar de  pagar lo que  el ERP le exigía fue asesinado. Su hijo sostuvo la finca familiar, pero los paramilitares los sacaron de sus tierras diciendo que eran auxiliadores de la guerrilla por haber pagado las extorsiones. “Ahí sí que no entendí nada. ¿Cómo íbamos a andar auxiliando a los asesinos de mi esposo?”
Ante esta situación millones de colombianos han abandonado sus hogares en busca de un lugar donde su vida no esté en peligro por ayudar o no ayudar a algún grupo armado que entra a la fuerza a su hogar.
Las guerrillas colombianas se formaron en los años cincuenta como grupos revolucionarios marxistas que se oponían al poder gubernamental; con el tiempo, la guerra se convirtió en un modo de vida y con el auge del narcotráfico, en un negocio muy lucrativo. De la lucha política se pasó a la explotación de los campesinos con escusas revolucionarias. Los campesinos se armaron para defenderse, esto fue legal y apoyado por el gobierno hasta 1989, de esta forma se conformaron los grupos paramilitares. Pero pronto, aprovechando el poder armado, utilizaron sus armas de la misma forma que los guerrilleros y aterrorizaron a la población campesina para facilitar sus cultivos de estupefacientes y proyectos agroindustriales, robando las tierras  y obligando a los campesinos a trabajar para ellos, muchas veces en las mismas tierras que les han quitado.
Edwin Tapia, asesor regional de CODHES dice que a pesar de que se desmovilizaron algunas ramas armadas del paramilitarismo hace unos años, no se desintegraron sus componentes políticos y económicos “siempre hay un proyecto agroindustrial que puede ocasionar desplazamiento, pero se necesitan las condiciones para que esto ocurra”.  El rearme de los 82 grupos paramilitares hasta ahora identificados lleva cada vez a más campesinos buscar refugio en las capitales colombianas, a plena vista, pero invisibles para muchos.