La mañana del viernes 18 de enero fui a buscar a William. Le pregunté a Jorge, el guía que me llevó a la selva peruana, si sabía donde podría participar en una ceremonia de yagé. El me contactó con Carlos, un conductor de mototaxi que me llevaría a la comunidad Huitoto del kilómetro 7 cerca de Leticia, allá encontraría a William, el Shamán que dirigiría la ceremonia.La carretera que lleva de Leticia hacia las comunidades está pavimentada con losas de concreto, sobre ella se abre a un costado un amplio sendero para caminantes y ciclistas separado por una hilera continua de grandes topes trapezoidales de concreto. Carlos me recogió puntualmente a las ocho de la mañana en el hostal Los Delfines frente a la central de la policía y el “Benemérito
cuerpo de bomberos voluntarios” de Leticia. Tengo una muy buena imagen de la puntualidad amazónica.

En el camino Carlos me contó que la finca en que se encuentra ahora el parque AMACAYACU era de su padre, quien se la había vendido al Inderena hace algunos años; ahora el parque es la ventana civilizada del mundo salvaje, panteón ecoturístico, la unión de lo natural y lo rentable, negocio y árboles. Un turista puede pagar fácilmente un millón de pesos por una estadía de cinco días, Carlos al igual que cualquier mototaxista cobra mil pesos por cada carrera que hace en Leticia. Se podía sentir el orgullo y la tristeza en su voz al hablar de la antigua finca de su viejo.

Llegamos a la desviación y seguimos el camino que lleva a la comunidad del kilómetro 7. Ahí preguntamos por la casa de William pero cuando la encontramos él no se encontraba en ella; al seguir averiguando nos dijeron que seguramente se encontraba en la Maloka.

Desde el lugar donde se encuentran las casas de la comunidad sale un camino hacia la Maloka, por esa región el paisaje de las afueras de Leticia es similar al de la mayoría de las planicies cálidas de Colombia, pastos cortos y secos de un color opaco, árboles no muy altos diseminados por la llanura, algunos arbustos y líneas de vegetación densa siguiendo los cursos de agua o al rededor de las casas. Tal era el paisaje a la salida de la comunidad, con vegetación densa marcando el camino, pero en un momento, después de caminar un poco, el paisaje de llano es remplazado por la selva, los verdes se hacen mucho más intensos y ricos, las plantas crecen y se retuercen en miríadas de formas y tamaños, estirándose con callada constancia, empujando, buscando el sol.

El ambiente se hace más húmedo, las plantas se ciernen sobre el camino disminuyendo la luz, el sonido… Los cantos aislados de aves y el rumor atmosférico de las chicharras dan paso a una compleja multitud de cantos. Grillos, cigarras, ranas, aves llamándose y repeliéndose en distintos timbres y tonos, cada especie con su propio ritmo agregando nuevas tesituras a la partitura, silbando, trinando y aullando. Los sonidos que uno cree reconocer resultan ser distintos a los imaginados; cuando se cree escuchar un ave es un mono, si se cree oír un mono es una rana, un supuesto sapo es un ave y el ave resulta ser un pequeño caimán.

Creo que he participado en unas quince tomas de yagé a lo largo de los últimos once años, pero desde la primera vez, cuando lo probé entre Monserrate y Guadalupe, los cerros tutelares de Bogotá, me he preguntado siempre como sería tomarlo en la selva.

Durante la última ceremonia que asistí tuve una experiencia relativamente suave, bella, muy calmada, pero ocurrieron dos cosas que crearon aprehensión en mí hacia el yagé. La primera fue la ingestión de la toma, a pesar de que no era una gran cantidad me fue difícil tomarlo. Habitualmente se bebe todo el cáliz o coca de un solo trago, esa ocasión no pude hacerlo, tuve que esforzarme bastante, controlar la respiración y beberlo en pequeños sorbos. Esto parece insignificante pero la resistencia del cuerpo a ingerir la toma era enorme y me preocupaba que en esta ocasión fuera completamente incapaz de beberlo.

La noche de esa última toma, al rededor de las dos de la mañana un hombre que había salido de la cabaña donde se realizaba la ceremonia y descendido la colina comenzó a gritar, estalló con furia y desesperación en medio del silencio de la noche y los cantos al rededor del fuego. Después de un tiempo no se escuchó más de él. Los que estábamos en la toma no hicimos nada, por el contrario conscientemente lo ignoramos pues cuando se esta en el trance del yagé uno debe concentrarse en su propia experiencia y no prestar ninguna atención a las distracciones externas, dejando que cada cual afronte su propia experiencia.

Había pasado más de una hora desde que se silenciaron los gritos, un grupo salió de la cabaña a buscar al hombre que había salido. Lo encontraron enredado en una cerca de alambre de púas, subieron con él abrazado a sus hombros, tambaleándose, exhausto. Llevaba puesto un pantalón de sudadera rojo en el que se veía una enorme mancha de sangre creciendo entre sus piernas.

Lo acostaron junto al fuego en el que yo me encontraba; de la cabaña salió un médico que asistía a la ceremonia, era joven, tal vez de mi edad. Lo examinó y lo tranquilizó – fresco, descanse, acuéstese y descanse, no se mueva – dio una palmada firme en su hombro, le dio la espalda y se dirigió hacia nosotros, nos dijo que el hombre había tratado de castrarse a sí mismo utilizando sus manos, que consiguió desgarrarse el escroto y el ano, que eso era lo más grave debido a la gran cantidad de terminales nerviosas que ahí se encuentran y que difícilmente se recuperan. Había perdido mucha sangre, al cabo de un rato se decidió con claridad que hacer, y utilizando una tabla larga como camilla lo llevamos a un carro para conducirlo al hospital. Unos meses o semanas después escuché de un amigo que el hombre se había recuperado, al menos eso creo recordar.

Ese episodio no me asustó en sí mismo, pero junto a la dificultad para beber la toma, la completa confianza y entrega que hasta entonces había sentido por el yagé y los taitas que guían las ceremonias se habían socavado.

Dejamos la moto junto a una casa y Carlos me guió hacia la Maloka donde nos dijeron que encontraríamos a William, durante el camino estaba nervioso, sintiendo que tal vez estaba entrando en algo más grande y poderoso de lo que podía manejar. Hacia calor, al entrar en la selva el ambiente se hizo más cálido, más húmedo. Sudaba profusamente, gruesas y pesadas gotas caían de mi rostro y empapaban mis lentes, mi camisa blanca se hacía transparente y mi cabello se deslizaba sobre mi frente en húmedos mechones.

Tras un trecho el suelo se hizo pantanoso, el camino era un corredor de unos dos metros de ancho enmarcado en sonoros muros de hojas, lianas y espinas. Sobre el suelo inundado se encontraba un camino de madera hecho con troncos cortados de todo tamaño y grosor puestos a lo largo como los rieles de un ferrocarril; los más grandes tenían muescas hechas con machete para darle agarre a los pies, a los lados de los troncos el fango y el agua yacían sonrientes esperando que un pié se deslizara y algún cuerpo cayera agitándolos y complaciéndolos.

Era hermoso, como un juego de infancia hecho realidad, caminaba siempre conservando el equilibrio sobre los troncos apoyándome en mi bastón y extendiendo los brazos, internándome en la jungla, sudando en mi ropa citadina, siguiendo el camino en la selva que me llevaría a la casa del brujo que me esperaba con su inmemorial poción que me otorgaría sanación, visión, poder y firmeza de propósito, que abriría puertas por las que podría ver aquello que siento más allá del corazón y el cuerpo.

El camino no era muy largo, algo más de veinte minutos de recorrido, pero el nerviosismo y el calor lo hicieron parecer una pequeña jornada. Terminó el pantano y de entre las plantas surgió la Maloka, sostenida en pilares de madera elevaba hacia el cielo su techo triangular tejido con hojas de palma; eran las ocho y media de la mañana, se escuchaban voces conversando con calma en el dulce y sereno acento del amazonas; se sentía el humo del fogón y el aroma de comida.

William es un hombre moreno, no muy alto, robusto, como muchos indígenas del sur de Colombia, sus rasgos son finos, me impactó la elegante forma almendrada de sus ojos que un poco cerrados me saludaron, se notaba que la noche anterior había realizado una ceremonia y que aún estaba un poco del otro lado. No llevaba camisa, mostraba un tatuaje en su brazo izquierdo compuesto de tres líneas escritas que no me atreví a leer, me parecía descortés, su cabello negro no muy largo estaba cogido en una cola atrás dejando ver su frente despejada. Tiene cincuenta y dos años pero irradia la juventud de un hombre de cuarenta; su esposa Isabel (que en ese momento cocinaba) muestra unos cincuenta años cuando tiene más de sesenta.

Él me saludó con un firme apretón de manos mirándome a los ojos, le dije que quería participar en una toma de Yagé, el me dijo que estaba bien pero que ese día no era posible pues la noche anterior había realizado una toma con un finlandés y un checo, hombres jóvenes que encontramos en el camino hacia la Maloka. Deberíamos esperar un día.

Lo anterior lo escribí en el aeropuerto de Leticia, ahora escribo en Bogotá, y por alguna razón recuerdo la sangre, la sangre del Perezoso herido que encontramos en Tarapoto, la sangre con que manchó la toalla en que lo llevé envuelto a Leticia, la sangre que quedó en el pecho de mi camisa, la sangre que no corría por la cabeza cortada del caimán que cazaron en Santa Rosa. La sangre marca hermandades, y con ella siento que la selva me dio su bienvenida, mostrándome con sutil fuerza su eterna naturaleza, su danza de vida y muerte. Solo vi muerte traída por la mano de los hombres, pero en la selva escuchamos a una criatura grande que salió del agua, con una fuerte mordida atrapó su presa y callo con estrépito zambulléndose; tal vez una anaconda, un piraricú o un caimán. Mi sangre quedó en la selva alimentando a los más de cien moscos y zancudos que la bebieron, que ya deben estar muertos y que debieron engendrar centenares de hijos.

El viernes llegué a las cinco y media de la tarde a la comunidad, recorrí el camino solo, me di cuenta de que no lo reconocía, solo identifiqué con seguridad un tronco en la selva a pesar de ya haber recorrido ese sendero en dos ocasiones, lo que veía me decía que podría estar perdido, pero seguí caminando y finalmente llegué a la Maloka, se me decía que debía confiar en mí.

Isabel me recibió, me dijo que William había ido a recoger a algunas personas para la ceremonia, hasta el momento pensé que realizaría la toma solo lo cual me entusiasmaba, pero era grato también tener compañía en ella. Isabel me ayudó a instalarme, me enseñó a hacer el nudo de la hamaca, un nudo sencillo y firme haciendo tres vueltas con la punta de la soga después de realizar un nudo sencillo de un aro, le gustó bastante mi toldillo.

Descansé un rato en la hamaca, no dormí mucho la noche anterior y estaba somnoliento, pero me quedé leyendo y William llegó después de algo más de una hora. Escuché las voces y salí a saludarlos, William me dijo que descansara un rato, que en una hora empezaría la ceremonia. En la Maloka me encontré por primera vez con mis compañeros, Gerardo Javier y Manuel, Españoles, llevaban ya un mes (creo) viajando por Colombia. Gerardo y Manuel habían probado el Yagé hace un tiempo en la selva peruana, hablamos un poco haciendo las preguntas habituales de aquellos que acaban de conocerse.

Por fin William nos llamó para iniciar la ceremonia, mi nerviosismo había casi desaparecido, nos mostró el baño: una cabaña elevada sobre pilares al estilo de la región, la escalera para subir a ella tenía pasamanos y en su interior de madera había un retrete de porcelana azul sin cisterna y baldes para vaciarla, la cabaña en que se realizan las tomas esta cerca. William proviene de una comunidad del Putumayo cuyo nombre me dijo varias veces pero que olvidé, tal vez he decidido no recordar. Suelo olvidar con facilidad los nombres, ni siquiera se con certeza si la calida mujer que llamo Isabel tiene en verdad ese nombre. La Maloka había sido reclamada por el fuego hace unos ocho meses, William la esta reconstruyendo y ya es un lugar de sencillez e imponencia, en poco tiempo habrá sido terminada y se celebrará el resurgir de este espacio consagrado.

En la Maloka no se consume el Yagé, es el hogar del Mambe, el Ambil y la palabra. William llegó a la comunidad por Isabel y los ancianos le confiaron la Maloka, esta unido, incluso atado a ella; no puede irse aún si lo desea, cuando ha querido hacerlo a pesar de los deseos y palabras de los ancianos, siempre ocurre algo que se lo impide, algo en plena sincronía con la voluntad que lo quiere en la Maloka. Su vida no es solo suya, tal es el precio del servicio.

Opaca luz naranja de vela y mechero bañaba el interior de la cabaña, en la confortante penumbra se entreven veladas en sombras las formas: los trocos cilíndricos de las paredes y el suelo, las vigas y travesaños, la esquina en que una hamaca blanca colgaba perezosa, no alcanzaba a ver a Isabel acostada en ella pero escuchaba su voz y su risa. Frascos de vidrio y plástico descansaban sobre una tela blanca conteniendo los elementos de la ceremonia, ante ellos William sentado en loto era apenas adivinado por mis ojos, sentía con ellos que decía y que sentía pero no alcanzaba a ver sus rasgos, todos éramos brumas sólidas dotadas de vida e intento, tras de él se levantaban unos estantes con recipientes y cosas que escapaban a mi mirada. Nos sentamos sobre una tabla apoyándonos en la pared frente a la única puerta, ahí se encuentra una amplia ventana que deja entrar la luz de la noche, los sonidos y siluetas de la selva. Nos sentamos en semicírculo alrededor de él y escuchamos.

– Échense talco en los brazos

Con el talco trazó un círculo alrededor nuestro y nos entregó unas telas blancas

– Los espíritus que están afuera no pueden entrar en el círculo, pero nos pueden ver, amárrense esto en la cabeza, así – dijo señalando la tela que llevaba puesta – con esto no pueden vernos el rostro, pueden escuchar pero no saben quienes somos, al final haremos una bendición, así que ellos no podrán hacer nada y nos quitaremos las telas.

Piensen en aquello que quieren, lo que quieren que salga bien, el estudio, el trabajo, la familia. Vamos a hacer el rezo y ustedes van a decir sus nombres y concentrarse en lo que desean, depende de ustedes, ustedes sabrán que es.

Acá lo vamos a usar con la luz, con el espíritu, para ayudar, pero esto también lo usan para dañar, no crean, también lo cogen para dañar, para enfermar hasta para matar a la gente, si, pero aquí no, aquí lo vamos a usar para ayudarnos, ustedes estudian no? vamos a hacerlo para el estudio.

Junten las manos, esto es agua de rosas, úntenselo bien.

Habiendo marcado el espacio sagrado y realizadas las protecciones William empezó la invocación, pidiendo luz, guía, ayuda y curación, junto a sus palabras personales pronunció Las oraciones católicas. Mi familia es católica, mi madre es devota, mi abuelo incluso fue seminarista, pero a pesar de que he sentido en momentos gran cercanía con el catolicismo y me gustan las iglesias, igual que todo espacio sagrado dedicado a la devoción en el cual se puede entrar en el silencio y la contemplación, muchas convicciones y sentires me llevan a no considerarme católico, probablemente comparto con este la misma comunión que con toda religión, al igual que el señor Morfeo soy de toda fe a mi manera. Las personas estamos muy acostumbradas a hablar aunque no comprendamos el valor y el poder de la palabra, nos sentimos incómodos con el silencio a menos que estemos entre completos desconocidos o con aquellos que hemos creado verdadera intimidad, muchas veces he dicho que la medida de la verdadera amistad, y de la intimidad misma, es la tranquilidad del silencio, por ello me atraen las iglesias más que las misas.

La forma en que William realizó las oraciones me cautivó, era tal y como yo sentía que debía hacerse; En el credo se encuentran algunos de los puntos canónicos por los cuales no puedo considerarme a mí mismo católico, después de todo es la declaración sacralizada de las creencias medulares que definen al catolicismo; significó mucho para mí cuando después de decir creo en Jesucristo no agregó la sentencia su único hijo, este es para mí el punto que más me aleja del dogma católico, sentí el peso de la sincronizidad, que estaba en el lugar adecuado.

La toma se realizó de izquierda a derecha, Gerardo, Javier y yo estábamos recostados contra la pared, Manuel se sentó frente a William en el suelo, yo era el tercero, en la penumbra apenas se distinguían las siluetas de los otros. Llegado el momento me acerqué a recibir la toma, William hizo las oraciones sosteniendo el cáliz cerca de su rostro, soplándolo en un par de ocasiones. Lo tomé y lo bebí de un solo sorbo, el solo recuerdo de la ingestión siempre estremece mi cuerpo invocando su sabor amargo y aroma penetrantemente dulce; no era muy espeso, antes William nos preguntó si lo habíamos bebido antes, respondí que varias veces; cuando bebí me dijo que se notaba la experiencia, esto fue confortante, sentí que había recorrido un camino en el que se habían avanzado algunos pasos.

El Yagé me invadió de inmediato, la embriaguez fue instantánea, la atención se dirige con fuerza hacia adentro y hacia arriba, espasmos recorren el cuerpo y el vértigo agita la cabeza, contracciones espontáneas sugieren el vómito y los pulmones buscan aire. Como dijo William el Yagé trae una borrachera, pero es una borrachera de conciencia. Me levanté y volví a mi lugar en la pared, al sentarme y respirar un poco el vértigo disminuyó y alineando la turbulencia pude sentarme.

Se nos había indicado no tocarnos aunque estábamos muy cerca unos de otros, al tocarse toda la energía personal pasa a la otra persona, al igual que la visión, uno queda débil o incluso enfermo. Había experimentado momentos similares en tomas anteriores, cuando se esta inmerso en la embriaguez las barreras que contienen el yo se desdibujan, liberando el potencial de la percepción y propiciando el autoconocimiento, pero esto ocurre con todos los que participan de la toma, y las identidades pensamientos y sentimientos se funden si uno no se concentra en su propia experiencia. Recuerdo varias ocasiones en que esto ocurrió, una de ellas fue en La Mesa Cundinamarca, La toma fue durante el día, en el campo, no muy lejos del pueblo, mi pinta (así muchos le llaman al trance del Yagé) había sido muy buena y me sentía muy bien, desbordaba fuerza, como si mi cuerpo por fin conociera toda su potencia, estaba lleno de alegría y caminaba de vuelta al pueblo con rapidez y vigor por un camino de piedra. En el camino había un hombre que había tomado con nosotros, Joven, delgado, fuerte, estaba aún muy cogido caminaba tambaleándose y se apoyaba en el muro a la orilla del camino respirando a bocanadas, gimiendo y hablando consigo mismo. Cuando me encontraba relativamente cerca de él a unos cinco o diez metros, o simplemente era consciente de su presencia, me invadía el vértigo y la nausea, sentía debilidad, enfermedad, angustia, creía intuir el germen de la locura; entraba en un estado tal que me hacía lento, ebrio, caminaba con dificultad o tenía que detenerme. Tuve que concentrarme y reunir fuerzas para continuar el camino y acelerar la marcha alejándome de él, esto ocurrió varias veces.

En otra ocasión asistí a una toma de sanación en Bogotá, era una casa grande, blanca, en el barrio Palermo. En ella habían guías de Colombia y Ecuador, se reunieron tres Taitas, dos Hombres de Medicina y un Hombre del Fuego, tal vez es la ceremonia más grande en la que he estado, creo que asistimos más de ciento cincuenta personas, pero estábamos distribuidos en las distintas salas, cuartos y partes de la casa, en grupos de veinte o treinta personas. Donde yo me encontraba se hallaba una mujer joven, bella, muy abrigada, envuelta en su sleeping, cubierta de gruesa ropa de lana, sus manos protegidas por guantes y su cabeza por un gorro. Al principio no me fijé en ella, era otra de tantas personas en la ceremonia, pero cuando el Yagé surtió efecto me di cuenta que cuando me encontraba cerca de ella sentía un irresistible ardor en mi cuerpo, como si mi interior se encontrara en llamas, tocaba mi piel y la sentía caliente pero ni siquiera cercana a lo febril, pero mi interior ardía, era como si mis venas las recorrieran tizones encendidos en lugar de sangre. En algún momento de la noche me enteré que Ella sufría Leucemia.

Más tarde esa noche un hombre comenzó a vomitar, el vómito del Yagé es impulsado por una gran compulsión, el abdomen se contrae con violencia y todo se expulsa, casi siempre sale con gran facilidad, en enormes cantidades, es fuerte, si, pero este hombre gritaba mientras vomitaba, grandes alaridos entretejidos con el rugir del vómito, nos encontrábamos cerca del baño y era muy difícil ignorarlo, la mayoría del tiempo lo conseguía, pero en momentos era atrapado por el sonido, en esos momentos tuve algunas de las visiones más oscuras que he tenido en mi vida: Montañas elevadas de grasosa mierda humana eran cortadas por inmensas hojas de cuchillas y espadas, de las heridas supuraba espesa sangre coagulada que se derramaba con lentitud sobre la montaña haciéndola crecer y palpitar. Requería un gran esfuerzo de la atención salir de ese estado, mi novia estaba a mi lado y el sonido la desesperaba, acariciándola y cantándole se calmó un poco; yo mismo me desprendí de ese vortex que intentaba atraparme. Al igual que caminando en la selva, me di cuenta que es más fácil cuidar de uno mismo cuando se esta cuidando con devoción a alguien más, si se ayuda con corazón, sin hacer juicios ni exaltar el ego, cuidando que otro no tropiece, los propios pasos se hacen más firmes.

Desde antes de iniciar la ceremonia podía sentir la selva hablándome, comunicación directa al entendimiento, sin palabras, solo certezas, pero después de beber la toma tomé conciencia de las imágenes, imágenes que me habían llegado por días, que aún lo hacen. Desde el lunes anterior había recibido la visión de la anaconda, pero entonces no lo hizo en la forma de la anaconda del agua y la selva, era Shesh Nag, La serpiente en la base del mundo, la gran sierpe cuyo veneno ennegreció el cuerpo de Shiva. Me otorgó su mirada, vi su piel en oscuro índigo y su cabeza enmarcada en una corona áurea que semejaba la cúpula de un templo de Harappa; sentí su ondular y su fuerza, su increíble edad, su perfecta despreocupación por todo lo existente; al gran dragón solo le interesa ser, todo lo demás lo tiene sin cuidado y puede devorarlo con un solo bocado, es poder y auto existencia, se puede danzar con ella, no tiene efecto alguno para el gran reptil más allá tal vez de algún divertimento, pero aquel que danza con ella puede ser consumido sin siquiera darse cuenta.

Ahora, en la noche, con el Yagé en mi cuerpo, la serpiente se presentaba de nuevo, pero ya no en su majestuosa forma indostánica sino en la imponente piel americana, mas cercana a sus hijas que nadan en los canales y asfixian a sus presas, veía sus fauces abriéndose ante mí, con gran poder y ferocidad pero sin amenaza, simplemente mostrándome su naturaleza. Decidí iniciar mi trabajo mágico, la anterior toma decidí no hacerlo temiendo un sobre flujo de energía que no pudiera controlar, pero ahora me encontraba seguro, sereno, e inicié la visualización escuchando los cantos y el percutir de la espada de hojas de William, recibiendo las imágenes y susurros de la jungla.

Realicé el ritual de relajación, irradiando luz dorada desde mis pies, subiéndola como un cálido ramillete de luz a lo largo mis piernas, ascendiendo por mi cadera y tronco hasta llegar al trapecio, luego descender por los hombros y brazos haciéndola llegar a las manos y sosteniéndolas como flores de fuego, de nuevo subir por el cuello, envolver la cabeza y proyectarla como una esfera de luz que flota a un palmo encima mío, luego expandiéndola y envolviéndome por completo, conectando así el cuerpo energético. Entonces inicié la visualización de crecimiento; viendo como el cuerpo comienza a crecer y crecer continuamente, primero hasta llegar al techo de la cabaña, sobrepasándolo, viendo primero la Maloka, luego las copas de los árboles y después la inmensa selva, kilómetros y kilómetros de jungla esparciéndose por todo confín, formando un mullido tapiz de oscuro verde, ante mí crecía la selva más grande del mundo en humilde magnificencia. Seguí creciendo, llegando a las primeras capas de nubes, a las siguientes y las siguientes, la selva cada vez más baja, pero más extensa bajo mis pies, extendiéndose hacia el sur, y yo me encontraba apenas en su extremo norte, crecí hasta que las nubes taparon el negro suelo, hasta que el aire quedó bajo mi contenido por la tierra, y la luna y las estrella brillaban rededor, crecí, y vi el sol enorme bajo mi cuerpo, fulgiendo rojo y naranja, danzando con sus mil brazos de fuego gaseoso, seguí creciendo hasta que los planetas eran pequeñas canicas a mis pies y las masas de estrellas se hacían bruma, como las gotas que forman las nubes y como nubes aparecían los brazos de la galaxia ante mí, pasando ante mi rostro capa tras resplandeciente capa, granulada, difusa, gaseosa, parte arenisca parte algodonada, brillando blanca con puntos y destellos rojos y azules, sutiles reflejos púrpura; crecí hasta que todas las capas celestes descendían ante mí y la galaxia era un bello remolino a mis pies. Así como las estrellas bajaron ante mi elevación de la misma forma que lo hicieron las nubes en la tierra, ahora galaxias y nebulosas descendían como si fueran estrellas, y crecí hasta que todas eran partículas de polvo oscilando bajo mis plantas.

Crecí hasta que terminó la oscuridad y el negro éter se desquebrajó como un espejo, y aunque todo había ocurrido en el Astral, entré entonces en el Astral elemental, la imagen astral del Astral, atravesando cielos e infiernos, estepas y mares a la velocidad del pensamiento, llegado de nuevo al firmamento, haciéndolo estallar y entrando en el Plano Causal, llegando directamente a la gran ciudad, los Archivos Akásicos, infinitamente más grande que todos los planetas juntos, y sobre ella la eterna tormenta. Crecí hasta que la vasta ciudad quedo bajo mío y también sus nubes, hasta llegar a la gran estrella roja haciéndola estallar, y entrando al vacío, el gran vacío, el Mahasun, creciendo, siempre creciendo, hasta cruzar la inconmensurable sombra, donde la luz de dieciséis soles ilumina tanto como una vela. Entonces llego a Mansarovar, el lago del néctar, explosión de luz líquida, y purificado crezco atravesando el etéreo océano donde cada una de las infinitas almas tiene su isla, creciendo hasta llegar al trono del padre, el loto de infinitos pétalos, bienaventuranza suprema, absoluta conciencia, gracia sin fin, y mi cuerpo de cinco universos es menor que un quark ante Él, menor que polvo en la espalda del acaro del polvo, siento su mirada amorosa de infinitos ojos, e inclinando mi cabeza ante el yazgo.

La preparación está completa, una vislumbre ínfima de conciencia de mí mismo, y dentro de el círculo de protección de la ceremonia expando mi círculo personal, sin la daga, sin el gesto, tan solo visualización voluntad e intento. En los puntos cardinales trazo los sellos del perfecto portal que me fueron otorgados en otra jornada, otro arriba, otro más abajo, enfrentando el infinito. En la tradición ceremonial de alta magia se invocan los arcángeles al sello de cada cuadrante, señores de los cuatro elementos, generales de la huestes, Gabriel, Michael, Raphael y Uriel; pero en mi práctica no he querido entregar mi devoción a divinidad, entidad o espíritu distinto al Supremo señor sin nombre, la fuente absoluta más allá de la manifestación, al Sat Purush, radiante Señor y Suprema forma manifiesta y sus sagradas encarnaciones, por ello ni siquiera realizo la búsqueda de la Gran Obra centrándome en el Señor de los Ejércitos y sus sublimes arcángeles, como guardián y protector llamo a mi antiguo compañero, El Lobo primigenio, Lobo elemental, padre de Amarok y Fenrys, multiplicando su presencia en los seis sellos.

La Selva y el Yagé, la visión y antiguas travesías me habían llevado ante otras compañías que ahora se hacían plenamente manifiestas, así me fue indicado que al igual que cuatro arcángeles protegen los cuadrantes, seis bestias guardarían mis sellos: frente a mí, mi hermano y espíritu, Verdadero Lobo cuyo nombre conservo; a mi espalda Caimán, fiero, veloz y sereno, protección y defensa, inamovible en su guardia, Duro y suave como metal bruñido, ojos de guerrero; A mis pies Shesh Nag, Pitón y Anaconda, padre de dragones, tan viejo como esta creación, casi tanto como El Tiempo; a mi derecha mi nuevo compañero, Hombre Delfín, Bufeo, Yakuruna, nieto del Mar, quien vuela en las oscuras aguas y camina en las selvas, habitante de la ciudad sumergida; a mi izquierda Mono, Hanumhán, aquel que danza en los árboles, velocidad y gracia, abuelo y hermano, sabiduría y adaptación, equilibrio; y sobre mí, Águila, Garud, señor de las aves, Navegante del cielo, irresistible visión y fulgurante vuelo, garras de diamante, pico de trueno.

Mi esfera estaba completa, mis compañeros a mi lado, las puertas seguras y la totalidad una respiración más cerca, ahora podía entregarme al Yagé y las revelaciones que debían ser recibidas, mi voluntad había realizado su cometido, ahora debía callar y recibir. El canto repetitivo y sereno de William llenaba la cabaña como una atmósfera visible, las hojas de su espada se rozaban como el cascabel de una serpiente, como los granos de la maraca, agitando el aire, elevando la atención, creando un ritmo que nos sostenía a todos. Las visiones continuaban llegando, El susurro de la selva entraba por la ventana, y desde ella emanaban presencias, infinitas presencias, tantos seres que no pueden ser contados, plétora de vida que solo puede ser sostenida por constante muerte, y de la miríada de seres algunos decidían revelarse, cada ser individual hacía sentirse, todos poderosos, algunos humildes algunos imponentes, pero mayor que cada uno de ellos, mayor que su suma, estaba La Selva, vasta conciencia, un ser tan grande como medio continente, del cual habitamos su piel y sus venas, abuela selva, hogar de vida, dadora de muerte, nuestro destino como especie se teje en sus raíces y ramas.

En nuestro hogar encontramos distintos cosmos, complejos y profundos, que definen la vida, He conocido La Montaña, el viento y el silencio, El desierto y el fuego, El padre Mar de misterios intactos, La Llanura y La Estepa, de solidez y grandeza, pero La Selva… es difícil asir La Selva, es la complejidad pura, paraíso e infierno sin separación alguna, pero infinitamente más que eso, encarnación del principio de acción, la esencia de lo salvaje, lo indomado, la rebelión de Lucifer la vida estallando hasta ser más que vida, devorando la muerte y haciéndola suya.

Recuerdo las aves, aves elementales, algunas tenían su referente en el físico, no conocía a ninguna excepto al Tucán, pero sé que algunas de esas aves no yacían en el reino de lo material; picos, ojos y plumas combinados en toda proporción, la mayoría eran oscuras, algunas lucían radiantes colores alrededor de su rostro, mil formas de la vida.

Los hijos de Shesh Nag se aparecían ante mi con constante insistencia, serpientes ondulantes que sisean, que miran, verdaderamente miran y sonríen ante nuestra ilusión de poseer secretos, la serpiente es después de todo la soberana de los misterios, me alegra comulgar con ella y no ser tan solo su presa, demasiado pequeño para alimentar al Gran Dragón, demasiado hermanado para ser tragado por la Pitón Reticulada; el veneno, años de intoxicación me ha dado familiaridad con el veneno, suficiente para saber mantener la distancia y solo utilizarlo cuando es verdaderamente necesario. Entre ellas recuerdo la mirada de una serpiente esbelta, de un brillante verde esmeralda, su cabeza en forma de flecha o de punta de canoa me miraba de frente y su boca sonreía, mi presencia la divertía y me hizo saberlo, tal vez había en mi algo que quería, tal vez vuelva a verla, ahora creo intuir que esta era la antigua serpiente del jardín, aquella que sonríe con ironía sabiendo lo que recibe aquel que busca el conocimiento, pero más allá del jardín hay un mayor conocimiento, y ella lo sabe, tal vez es eso lo que desea, aquello que Shesh Nag no quiso saber cuando le fue ofrecido.

Ahora pienso en las seis bestias y siento que deben ser sublimadas, llevadas al crisol, transmutadas, haciéndolas aspectos de la divinidad, más grandes que aspectos de la naturaleza, debemos trascender a nuestra hermosa madre, nos ha dado todo, pero siempre lo dejamos en su seno, nos vamos con las manos vacías y nuestro cuerpo retorna a ella, El Aire al Aire, La Tierra a la Tierra, el Fuego al Fuego y el Agua al Agua. Bufalino lo dijo, el hombre es un cadáver aplazado que procrea… pero también somos más, mucho más, somos fragmentos de la eternidad y la eternidad misma, aquello que queda acá cuando partimos es temporal, etéreo debido a su materialidad, no somos cuerpo somos lo demás.

Viendo sintiendo y recibiendo transcurrió la ceremonia, el canto y el crepitar de la espada de hojas daban densidad, tangibilidad a la atmósfera, sosteniendo la atención arriba y adentro si uno decidía aprovecharlos. William nos preguntaba periódicamente como estábamos, uno por uno respondíamos, un tiempo después de iniciar, tal vez pasada una hora o más, mi espalda resintió la irregularidad del muro de troncos y me apoyé en una columna que tenía muy cerca, La selva, el macro-ser de incontables voces seguía presentándoseme, y los espíritus animales danzaban en el espejo de mi mente, mis queridas bestias, Verdadero Lobo no se me mostró, tan solo asistió a cumplir el favor que le pedía, Caimán, Yakuruna, y Mono se me mostraban intermitentemente, Pero ante todo se manifestaron los hijos de La Gran serpiente y los hijos de La Gran Ave, de Shesh Nag y Garud, en múltiples formas, mostrándose y mirando. Fui introducido a la Gran Corte Verde del Sur, más extensa que la del Emperador Amarillo, y dos casas reales me dieron la bienvenida: La de la Profundidad y La de las Alturas.

Aves y Serpientes, Del séptimo cielo al séptimo mundo inferior; la totalidad del mundo de la Madre, La creación inferior, el reino del Tiempo, solo ahora comprendo o intuyo un significado en esto, pedí por visión, pedí por la totalidad de mí mismo, por aceptar todo lo que hace tiempo soy y abandonar la imagen mental en que soy un torpe niño con mucha suerte, tomar conciencia de mi capacidad de afrontar mi propio destino abandonando el mullido regazo de la pereza y la comodidad. Supe que el rito de paso había ya ocurrido; tiempo hace había caminado en la pira, cazado el león, circuncidado el falso ego, este no era un ritual de paso, no una iniciación, era una confirmación, una prueba contundente de que era momento de dejar de pretender que se poseen intuiciones cuando el corazón y el alma saben que se tienen certezas. Así se conectó lo Alto y lo Bajo, el eje vertical de la totalidad de mi mismo, en el espejo de savia, el bruñido espejo de jade del Amazonas, en ella pude verme, sin saber que me veía.

Tal vez esta sea la naturaleza de toda experiencia eteógena, posiblemente de toda experiencia, no podemos verdaderamente percibir algo en el exterior hasta que no lo realizamos en nosotros mismos, y a veces esa realización requiere la contemplación de lo externo, para después de serlo internamente reconocer en lo exterior aquello que se estaba contemplando. Una vez más William nos preguntó como estábamos y si ya se nos esta bajando, respondí que estaba más bien tratando de subirlo.

– Ah bueno, si hay que subirlo pues lo subimos, para eso estamos aquí, tómese otro, venga.

– Con un poquito tengo, le dije. Con un poquito tuve.

Bebí e inmediatamente estalló el vértigo, el vientre ardía y el cuerpo no podía contenerse a sí mismo. Trastabillé con rapidez hasta la ventana y respiré profundamente. La abertura esta construida de tal manera que estando de pié va desde la altura de la cadera hasta el techo, apoyé mis manos en el filo con el cuerpo algo rígido y recto inclinado hacia el frente sacando mi cabeza fuera de la cabaña, sentía que el vómito estallaría en cualquier instante, el aroma del Yagé me inundaba. Poco a poco el vértigo disminuyó y respiración a respiración retomé control sobre mi mismo, cuando nuevamente me sentí perfectamente cómodo retomé mi lugar apoyado en la columna, la intensidad de la pinta había aumentado, La embriaguez, la materialidad y presencia de aquello que veía, la experiencia era aproximadamente la misma, vida mostrándose en su complejidad, en las formas que le da la selva.

William terminó su canto, nuevamente nos preguntó como nos encontrábamos y nos pidió que fuéramos pasando uno a uno ante él. Yo me encontraba en el estado más profundo del trance hasta ese momento, me confundí un poco con sus instrucciones, me quité la tela que llevaba atada a la cabeza y se la entregué cuando se la estaba pidiendo a Javier que se encontraba a su lado, ni siquiera me di cuenta de su presencia, la oscuridad de la cabaña se había echo más profunda después de la resplandeciente luminosidad que había adquirido la escena interna. Quería volver a mi visión pero también estar atento a las instrucciones que William daba y al momento en que me llamara, volví a mi lugar en la columna y cerré los ojos con la atención dividida, cazando las imágenes internas y escuchando las voces del exterior.

Cuando estuve ante él no veía su rostro, su linterna atada a la frente emitía una difusa luz roja, pero tampoco recuerdo haberla visto entonces, solo cuando me encontraba lejos y el resplandor carmesí revelaba los recipientes en el suelo.

– Déjeme saludarlo – me apretó las manos afectuosamente, se sentía una amplia sonrisa en su rostro no visto – usted está muy limpio… detrás suyo hay alguien, un hombre, un hombre mayor, lo cuida mucho y lo va guiando en la vida…

Desde hace once años, cuando asistí a mi primera toma de yagé, esperaba que el Taita viera eso, si en verdad el guía de la ceremonia puede ver, sabía que al verme lo vería a Él, sin embargo hasta ahora nunca había ocurrido, esta fue para mí la gran comprobación de la validez de la prueba, del cumplimiento del ciclo, la realización de intuiciones, certezas mentales y espirituales que tontamente quería corroborar en el terreno de la carne, tal es la vacuidad de mi mente.

– Veo para usted dos caminos, si sigue en lo que esta haciendo esta bien, le va a ir bien, eso es bueno, pero también tiene el camino de la medicina… eso se le da, usted va a volver… aprenda de plantas… eso, aguas baños todo eso, cuando vuelva hablamos…

Creo que esa ha sido la primera vez que un diálogo que he imaginado se hizo realidad, un amigo alguna vez me dijo después de que presenciamos un portento: eso ocurrió porque no lo había imaginado, la frase aún retumba en mi mente, cada vez que me encuentro fantaseando esa frase viene a mí trayendo una triste tranquilidad haciéndome recordar que los productos de mi mente no encarnan de por sí a menos que invierta trabajo en ello. Uno de los principios de la magia es que para que la voluntad se haga manifiesta primero se debe olvidar aquello que se ha deseado, si revisamos nuestra vida encontramos que muchas veces los eventos se desenvuelven de esta manera, frecuentemente nos quejamos pensando: ahora cuando no me importa es que me llega, es difícil aprender a agradecer, es difícil aceptar, y muy fácil desear aquello que no se necesita. Aunque estas anunciaciones han habitado constantemente en mi ser, la continua tendencia a no manifestarse por más de una década llevaron a convertir esos anhelos en saudade, a relegarlos en mi comprensión al plano de la inexistencia; entonces ocurrieron…

La ceremonia terminó, note que la forma en que William me hablo fue muy distinta a la que habló con mis compañeros de pinta, salimos de la cabaña, El se encontraba muy feliz, nos guió hasta una banca entre la entrada del camino desde la comunidad y la mole de la Maloka,

– Vea la Luna, como está de clarito, hmm, eso es buena seña, quédense acá, siéntense, descansen, mañana damos una vuelta para que vean donde están.

La luna estaba radiante, apenas entrando al cuarto creciente, llenándolo todo de plata azulada. Era la primera vez que veía una noche clara desde que llegué al Amazonas, fue la única, era el principio del invierno que había tardado un poco en llegar, el cielo estaba habitado por nubes constantemente y no era común ver las estrellas, solo puñados de ellas. Pero esa noche la noche resplandecía, las nubes teñidas como óleo estirado sobre la paleta, mezclándose en metálicos grumos azul grisáceos en el negro firmamento, podía verse con claridad en cualquier dirección aún al entrar a la selva.

Nos sentamos en la banca y hablamos un poco, Manuel estaba muy cogido, resoplaba y dejaba caer su cabeza sobre el pecho mientras hablábamos, recordaba su experiencia con la ayahuasca en Perú y la encontraba muy parecida a esta toma en su intensidad y su fuerza, recordé que la Maestra de William en las lides de la medicina sagrada era peruana. Al poco tiempo Manuel se fue a su hamaca. Javier caminaba en círculos bordeando el claro entre el camino, la Maloka y los muros de la selva, su paso era rápido, pesado, constante, no se detenía ni por un instante, levantando apenas los pies recorría en constante danza su circuito; recordé de inmediato a Nicolás y su pensamiento caminado, siempre trazando el borde de la espiral, sin detenerse, como si los pies marcaran el ritmo de la sinapsis y el movimiento del cuerpo amplificara las ideas.

Buscando donde orinar caminé un poco en la selva siguiendo un camino trazado por sombra, libre de esa opresión anduve otro tanto hacía el lugar que me llamaba y encontré aquello que estaba buscando, pero sabía que debía volver un rato, el completo aislamiento se cierne sobre mí con facilidad cuando verdaderamente cruzo al otro lado del espejo, y me fue revelado que mantener contacto con mis hermanos es parte de mi camino, así retracé mis pasos.

Con Gerardo conversamos, no simplemente dejamos de callar, hablamos del yagé, del canto y las hojas, de cómo lo distraían en lugar hacerlo centrar, hablamos del tabaco, de la coca, de la mujer y el licor, del llamado de la noche, de la ansiedad y la euforia. Hace un tiempo me es extraño conversar, algo que para tantos es tan obvio como respirar llega a mí con fluidez solo en ocasiones, no es una excepción, no es una regla, es en sí un evento. Aún con mis amigos es algo no muy frecuente, por lo general escucho y respondo, tan solo con pocos de ellos verdaderamente hablo. Para mí el hablar de lo que se ha hecho y pasado no cuenta como conversación, es más bien un rito, una confirmación del contacto, contención de la distancia, y el hablar de alegres sutilezas en las que lo único que importa es la risa al final de la palabra dejando que otros se ocupen de asuntos de profundidad e importancia, derivar en la palabra como solían hacerlo Bast y Sueño, es un lujo en verdad extraño, dulce y preciado.

Mientras hablábamos con Gerardo y Javier retrazaba su círculo, intermitentemente me punzaba la nausea, varias veces me incorporé para intentar de vomitar sin conseguirlo. Su cercanía me llevaba al vértigo mas aun continuaba a su lado, pero en un momento tomé del agua que Javier estaba bebiendo y el impulso se volvió compulsión, había en el líquido parte de él, algo que no había de entrar a mi cuerpo e inmediatamente buscó su salida. Con la rápida torpeza del ebrio buscando aliviar sus entrañas caminé asta el lugar que había encontrado, llegué al espejo. Nunca antes un nombre pareció acompañar tan acertadamente a un sitio: moonglade, espejo de Selene. La vegetación era apenas interrumpida por un arroyo que yacía más que correr, en él se formaba un pozo semivelado por nenúfares, la fuente de un jardín trazado por ninguna mano, árboles, arbustos y enredaderas circundándolo, ante él las plantas tapizaban el suelo de forma tal que en la selva no suelen hacerlo, en el pozo poco profundo el agua transparente deja ver aún en la noche su cercano fondo y un tronco decorado con suave musgo y hongos de media luna lo cruza y enmarca.

Respirando profundas bocanadas llegué hasta el tronco y descargué mi cuerpo en él, rodillas abiertas, tronco inclinado, cabeza colgando en clásica posición catártica, tomé unos segundos recuperando el centro y el aliento, entonces el vómito salió en violento torrente liberando mi vientre, despejándolo todo. El sentimiento de premura y desfallecimiento desapareció en pocos momentos y pude entonces entrar al salón al que se me había convocado. Toda la noche la selva me había llamado enviando sus heraldos alados y reptantes, nos encontramos entonces, cara a cara, madre que abraza a su hijo, hogar, útero, patria abandonada antes de haber nacido. No era el sentimiento del viajero que retorna a su tierra, sino el del hombre que conoce a su familia después de años de haber vivido bajo otro cielo, del navegante que llega a una corte de ilustres desconocidos con quienes cambió cartas durante años pero por vez primera cruzan sus ojos; extrañeza y deseo de reunión marcaron mi entrada de debutante, la esposa que apenas conoce la familia de su nuevo padre.

La plata lunar y los oscuros verdes jugaban formando fulgentes azules, formas de luz eran tejidas por la lejana radiancia y la superposición de indiscernibles hojas en distintas plantas y alturas que en su fractal trama y urdimbre abrían una única silueta en un único ángulo de incidencia para dibujar figuras en el lienzo vegetal que esperaba calmado los rayos de la luna. Cuando llegué por primara vez al jardín respiré el aire de la noche y descansé sonriendo en el tronco, la intoxicación era profunda y vertiginosa pero mi conciencia se encontraba despejada, ante todo disfrutaba la belleza del lugar y me dejaba arrullar por los sonidos nocturnos mientras ignoraba las picaduras de los moscos; era un momento de descanso, receso del continuo esfuerzo de la voluntad durante la ceremonia y saborear momentos de soledad después de la cercana compañía, aliento, reposo, pero el Yagé me recorría en la totalidad de la dosis bebida y su efecto no toma descanso alguno. Mientras refrescaba mi cuerpo y entreescuchaba el crujir de aves reptiles y cigarras mis ojos se posaron en suelo, todo estaba cargado de energía y radiancia tan concentradamente que era perceptible a través de la vista.

Este fenómeno se me ha presentado ya desde hace años, en Boyacá en compañía del Psilocybe lo conocí la primera vez: cada criatura, cada ser emana una vibración que le es propia e intima, sus átomos oscilan de una forma única que no ha de ser encontrada en otra manifestación de la naturaleza; aún los distintos individuos de una misma clase oscilan con una particularidad que le es inherente dentro del patrón trazado por la configuración innata de su especie; todos los Alisos vibran de una forma que les es innata, pero cada Aliso individual añade sutiles variantes a esa forma. En un estado de paz interna, anhelo espiritual, claridad de mente e inicio de apertura de conciencia, las fronteras del ego y la individualidad se hacen visibles en su fragilidad y sutileza, no son las sólidas murallas que imaginamos sino finísimas membranas más tenues que la tensión superficial que forma una burbuja o permite a un insecto caminar sobre el agua. La vibración particular de cada ser y de cada especie se manifiesta ante la vista en la forma de fibras luminosas, delgados filamentos que se cruzan formando en sus incontables intersecciones figuras geométricas, figuras complejas que recuerdan los patrones que se forman en densos tejidos, las obras de arte creadas con hilos tensionados siguiendo patrones de ritmo y color para crear geometría, las superficies observadas al microscopio, y ante todo vastos mandalas en los que las formas se contienen unas a otras en perfecta simetría repitiéndose en armonía fractal y uniéndose siempre unas con las otras.

El tapiz formado por las fibras entretejidas de todas las criaturas oscila en el aire, nunca estático, su vibración es constante, muy sutil, como el ronronear de un pequeño gato, y se va desplazando por el éter lentamente a medida que cada criatura emite nuevas emanaciones. Es algo vivo, es La Vida misma en una forma más sutil, más cercana a La Verdad, pues en esta manifestación no existen las supuestas separaciones entre los individuos que creemos percibir a través de los sentidos, sino que todos nos encontramos unidos formando parte de la misma membrana, el mismo organismo, el cual es consciente de cada una de sus partes y cada parte es consciente de sí misma.

Esta vez era diferente, las fibras que emanaban de cada ser formaban un tapiz etéreo, pero la figura que formaban no era tan solo un mandala geométrico, entre las formas que surgían al entrecruzarse las fibras, en cada espacio, se encontraba un ojo, legiones de ojos que me miraba tan fijamente como yo los miraba a ellos, esta manifestación era una expresión de Su conciencia, la conciencia individual de cada planta e insecto, y la conciencia de la jungla con su ojo-colmena, nunca parpadeando, plenitud e intensidad. La fibras siempre se me han presentado en tonos rojizos naranjas y ocres, algunas de ellas son amarillas, ciertas verdes, y más que en las fibras en sus intersticios e podido distinguir zonas de profundo azur, más luminoso que el oscuro petróleo del cielo de la noche.

Después de vomitar perdí la visión del incorpóreo entramado, pero en su lugar veía zonas de luminosidad y sombra que contenía, enmarcaban y eran distintos seres, entidades y poderes. Por ejemplo, el lugar donde vomité quedó rodeado un aura oscura y densa, literal, no figurativamente, antes de levantarme observé con algún cuidado el suelo para ver cual era el contenido de mi estómago, esto me daba alguna indicación de mi estado y mi salud; vi que la mayor parte de lo que había devuelto fue absorbido por la tierra y solo unos pocos rastros quedaron esparcidos. La mancha oscura que ahora veía no tenía relación visual con aquello que quedó en el suelo, cubría un área más grande y no yacía en el suelo a pesar de encontrarse ligada a él, era como una de esas pinturas medievales en las que algunas partes de la escena están representadas siguiendo puntos de fuga, otras son planas, y otras tienen una disposición espacial completamente desligada al resto de la composición, conjugando en una sola representación múltiples perspectivas, pero nunca en el mismo objeto o conjunto de elementos. Era algo similar, la mancha en parte seguía el plano horizontal del suelo, en parte subía el plano horizontal de uno de los lados del tronco que cruzaba el pozo, y en parte flotaba en el aire paralela a mi cuerpo. Una porción de la realidad había decidido abandonar el naturalismo y abrazó el cubismo con infantil abandono.

Era el yagé, la sustancia que había estado dentro de mí y luego arrojé en torrente, esa era la manifestación etérea de la ayahuasca, tal es su poder y densidad que no se manifiesta como una radiancia sino como vacío y caos condensados, el lugar en el tiempo donde todavía no se habían establecido las reglas, la compresión anterior al big bang, creación latente, no entropía, todo contenido en la nada, el radiante lado oscuro del ser. Supe de inmediato que era Él, se sentía su fuerza, su presencia me hacía estremecer tal y como lo ha hecho siempre su aroma, de echo podía sentir su fragancia, no olfativamente, sino en mi cuerpo y en mi cuerpo sutil, tal y como olemos en los sueños.

Vi que estaba ahí, y no había vuelto a fundirse en la selva como lo había imaginado, me estaba esperando, tuve que devolver para expulsar aquello que entró en mí al beber de aquella Bolsa de agua, pero el yagé había de permanecer en mi cuerpo, así que lo absorbí, lo reincorporé a mis cuerpos físico y luminoso a través de mi mano izquierda, entonces estuve listo para presentarme ante la selva. Tomé un tiempo para grabar el sonido de la corte que me saludaba, levantando mi mano accioné la grabación de audio de mi PDA encendiendo la pantalla y atrayendo una pequeña nube de zancudos que se posó en mi mano y bebió a sus anchas pues no quise ahuyentarlos para no interrumpir el sonido nocturno con mis movimientos, una vez capturado el audio avancé.

Di mi nombre completo a la jungla, me presenté con alegría satisfacción y espero que humildad, entonces miembros de la corte verde empezaron a entrar al claro lunar tal vez el primero de todos fue Puercoespín, pequeño, sereno y poderoso, una tranquilidad y lentitud de arroyo, de bambú creciente, siento gran empatía por puercoespín; él fue la primera de las dos esencias que entraron en mí esa noche, Anaconda ya había entrado cinco días antes, luego diversas aves aparecieron e intercambiamos nuestros saludos y respetos, en este momento recuerdo en particular una de ellas, por algún motivo no quiero describirla, solo mencionarla, reconocerla.

El sonido de la selva es cacofónico, dentro de su propio ritmo y armonía las voces se superponen, pero en este momento de introducciones un orden más cercano al que estamos acostumbrados los hombres canalizó la música, un orden más secuencial, menos complejo, y de uno en uno fueron apareciendo los bellos seres, y de una en una sonaban sus voces en la noche, algo que no había escuchado o discernido hasta ese momento. Mientras así nos presentábamos mis pensamientos iban recorriendo posibilidades y afianzando certezas, sobre mi propia naturaleza, mi papel en la vida mi Drama y la forma en que debería comulgar con los demás, rápidamente se hizo evidente que las palabras en mi mente no estaban encapsuladas y hacían eco en la selva, y cada vez que una idea debía ser ratificada ocurría lo mismo, cuando el pensamiento era correcto, apropiado, conveniente o verdadero, siempre, invariablemente se escuchaba el canto de un ave, aquel ave que no describo, canto en dos tiempos fácilmente discernible, este aliado sirvió como heraldo de la corte, como portavoz del escribano, pregonado en su dulce voz cuando una enunciación se hacía decreto, el camino se trazaba y voluntad y sendero confluían como una corriente sumergida dentro de las aguas monumentales de la selva y de la vida, una de esas corrientes que guían migraciones y llevan a los pescadores experimentados a donde desean, los caminos del mar.

En medio de cortesanas presentaciones, llenas de candor y diplomacia, siguiendo el verdadero sentido de la etiqueta, honrar y disfrutar, no pretender y ostentar, una serpiente distinta a las de la visión en la cabaña se acerco haciendo aquello que a veces las serpientes hacen, acechando con sigilo, acercándose taimadamente pretendiendo no ser vista, ganando terreno con cada ondulación buscando flanquearme, a diferencia de toda otra criatura que se me había presentado frontalmente. Esta era una serpiente casi blanca, ligeramente amarillenta, hermosa de rasgos finos, cuerpo muscular y esbelto y una talla media, buscaba llegar a mí o cerca de mí furtivamente pero desde el momento en que sus ojos me encontraron yo sentí su presencia, vi su mirada estallar como dos estrellas azules palpitando en el firmamento, lego su rostro magnificado, y después su cuerpo arrastrándose hasta donde yo estaba. Cando estuvo muy cerca, justo detrás del tronco que cruzaba el pozo, giré mi cuerpo hacia ella y le dije –hace mucho te estoy viendo, te saludo, mi nombre es…- lo hice con potencia, calmado y desafiante, sabiendo que no había campo a permisividades y que el suelo bajo mis pies podía ser en un instante mi campo de batalla, ella me miró en parte sorprendida en parte complacida, pero no se presentó ante mí sabía que ya la conocía y en verdad no era necesario, su intención aún se me escapa pero no siento que para mí hubiera sido benéfica.

La serpiente blanca se marchó calmadamente con la serenidad con que se había acercado pero sin la intensidad del acecho en su intento, volví nuevamente mi cuerpo al muro vegetal al oto lado del agua y continué percibiendo a mis antiguos hermanos proyectándose desde el sonido, la luna, la oscuridad y las plantas, de repente ocurrió algo que había deseado pero que ya no esperaba.

La mirada venía de la oscuridad, profundo en la selva, más allá del lienzo verde ante mi, de tierras vírgenes, enormes ojos rutilantes fijados en los míos, mirada ardiente, fiereza, ojos flotantes como el gato de sheshire suspendidos en el aire, acercándose, podían sentirse sus pasos aunque no se viera su cuerpo, pasos firmes dados sin hacer un solo sonido, más cerca. El brillo de las pupilas pronto fue rodeado por el contorno de cuencas y parpados, eran sin duda ojos de depredador, sabía bien quien era, y por fin venía a mi encuentro, más cerca. Las demás imágenes eran ante todo vistas en el espejo de mi mente, pero al igual que a Puercoespín, Pájaro Heraldo y Serpiente blanca, esta presencia la veía con claridad con mis ojos abiertos, surgiendo de la jungla, caminando en sigilo, cerca, más cerca. Alrededor de los ojos fue formándose un rostro, un gran rostro, que ocupaba en el paisaje el espacio que ocuparía una casa, su piel amarilla y moteada, orejas triangulares, nariz negra, bigotes blancos, pelo corto tupido y duro, labios negros a veces entreabiertos que dejaban sentir grandes colmillos, respiración potente y calmada agitándose levemente a medida a que se acercaba a su presa creciendo a un sutil jadeo.

Por fín había llegado, cuando llegué a Leticia y encontré a Shesh Nag en el hotel Anaconda creí que ese sería mi grán encuentro y que la vida me había obsequiado con algo que no esperaba, pero aquél al que fui a buscar ahora estaba aquí, después de preguntarlo a guías, indígenas y habitantes, colombianos y peruanos, Jaguar estaba ante mí, y su enorme cabeza ya se encontraba en la otra irilla del pozo, mirando como los depredadores saben hacerlo, cuando un depredador te mira sabe que puede devorarte, depende de el hacerlo, no es un juego, es la muerte encarnada en fortísima vida, muerte que irresistible que corre nada y trepa, esa mirada es lo último que ven incontables presas, y esos colmillo su ultimo contacto mientras las sobrecoge la asfixia.

Jaguar se paró ante mí, nos miramos con la inexpresiva alegría de dos que se encuentran en un duelo, momento de saborear la vida y despedirla en caso de no volver a tenerla. Su cabeza era ancha, más ancha de la que recuerdo haber visto en fotografías y documentales, sus rasgos y textura no eran aquellos del ser de carne y hueso sino cercanos al emblema heráldico, pero no había duda de su identidad, después de correr por años bajo la luna en compañía de Verdadero Lobo, cazador del norte, finalmente se me concedió la compañía de la veloz muerte del sur. Nos miramos con gran tención cargando la atmósfera, el en gran expectativa, yo en satisfacción y gozo.

Por fin saltó y entró por mi plexo solar tal y como Verdadero Lobo lo había hecho años antes en jornadas de Yagé y hoyo negro, no solo un gran espíritu, sino una gran enseñanza de la selva, preservar la vida es invocar la muerte, para mantenerla se debe estar dispuesto a matar, no hacerlo, no resignarse a ello, sino con entereza de corazón estar dispuesto a ello, no solamente por sobrevivencia, al igual que de la vida, de la muerte somos instrumento. Más allá del bien y el mal, del amor incondicional al prójimo, del auto sacrificio y la no violencia, no es un hecho social es un hecho cósmico, pero no de la creación absoluta sino de la creación perecedera, somos agentes de la muerte, y millones de muertes pesan sobre nuestra cabeza, de otra forma no estaríamos vivos.

Pareciera un simple recordatorio del ciclo de la vida, pero es algo distinto, es una cuestión de disposición, de conciencia, nosotros somos la presa, no podemos amar a otro si no sabemos como amarnos a nosotros mismos, como podremos entonces cortar nuestro propio cuello si no podemos desgarrar otra garganta? Atravesar el océano implica estar plenamente dispuesto, unidad de voluntad, unidad de intento, la duda es solo un motor de la decisión, una motivación, no un estado en el cual yacer y descomponerse, y si el Leviatán se interpone en el camino de la barca nuestro arpón debe atravesarlo. Este es el camino, del viajero, del guerrero, del hombre de conocimiento, no el camino de La Gracia, acogidos en La Gracia nada es necesario, no hay reglas, todo es concedido, tan solo el amor y la entrega nos llevan a través del océano, y ese camino se me a concedido, pero mi terca curiosidad me llama al viaje, y quiero conocer aquello que puede conseguirse por los caminos del hombre, de que somos capaces y hasta donde pueden llevarnos; aún cuando lo se quiero pararme en la frontera y dar el paso, no quiero que la curiosidad me lleve a una encarnación innecesaria, solo quemar los anhelos para trascenderlos.

Aquello que ocurrió después estuvo envuelto en mayor embriaguez y desde la hamaca recibí las oleadas, prefiero que yazcan en la memoria, el resto de la noche no se reflejará en el papel por ahora.

A la mañana siguiente William nos recibió afectuosamente, comimos cazabe en la Maloka y hablamos de la toma, me dijo aquello que ya mencioné de las serpientes, que mis visiones habían sido de la naturaleza. Caminamos un poco por ahí y nos mostró los bejucos del Yagé nos mostró el Anaconda y el Cielo, el que habíamos bebido era cielo por eso trae tanta revelación, -cosas de arriba-
Nos regaló hojas de coca, antes a Gerardo le dio a probar Anbil y a mi un poco de Mambe, Nos regaló hojas de los dos bejucos y a mi me regaló un copoazú que tras un mes se ha conservado, aún queda la mitad, creo que lo beberé mañana.

Cuando le pregunté por el significado del jaguar le dijo a Isabel: – Viste! El vió el jaguar! –