Desde que los europeos arribaron a América a finales del siglo XV el ordenamiento y carácter de las relaciones globales adquirieron un nuevo aspecto; el desarrollo de una economía mercantil mundial, los procesos que llevaron al capitalismo al sitial de sistema hegemónico marcan la forma en que se ha desenvuelto la historia de la humanidad durante los últimos cinco siglos. Parte de los fenómenos que se encuentran inmersos en este marco es el ya tantas veces estudiado choque cultural entre europeos, americanos y africanos el surgimiento de un nuevo hombre, aquel que nace de la unión de la sangre y tradición de unos y otros, creando una sangre tradición y mentalidad nuevas.El propósito inicial de este trabajo era exponer el dominio del aparato colonial español sobre el africano esclavizado como un espacio de libertad espiritual para los afro neogranadinos gracias a la naturaleza netamente materialista de la relación entre el estado colonial y los africanos. Desde este punto de vista los motivos estrictamente económicos de la importación de recursos humanos africanos al continente americano conllevó a una serie de medidas de sometimiento del cuerpo para poder explotar la fuerza de trabajo, a nivel psicológico y espiritual se contó tan solo con el miedo para suprimir cualquier voluntad de sublevación y en general no se buscó una conversión religiosa o imposición de la cosmovisión occidental a los africanos pues eran innecesarias para imponer los trabajos físicos y buscarlas costaría valiosas horas hombre; el africano visto como una inversión quedó en libertad de disponer de su interioridad y esto le ha permitido a la espiritualidad africana sobrevivir en América hasta nuestros días.

Nos centraremos en el ámbito espiritual tanto europeo como indígena y africano, e intentaremos ver como pueden estas concepciones del cosmos interpretar un entorno como Santa fe de Bogota en el siglo XVII para esbozar un marco interpretativo alejándonos necesariamente de las pretensiones iniciales de este trabajo.

Es necesario recalcar que solo intentamos dar un esbozo de un marco interpretativo y nos alejamos totalmente de la más mínima pretensión de exaustividad, pretender condensar la naturaleza de la experiencia espiritual y las formas sacras de interiorización del universo de tres inmensas partes de la humanidad resulta ridícula aún para el trabajo de toda una vida, así que insistimos en que se trata solo de dar unos lineamientos generales e integrarlos mediante una convicción: los hombres no somos tan diferentes como pretendemos serlo y damos soluciones similares a problemas similares, las diferencias se dan tan solo en el ámbito de la forma, de lo fenoménico, pero la búsqueda de la verdad es una sola y su esencia siempre es la misma, con una mentalidad abierta podemos ver que las diferencias se dan solo en la terminología y que la aproximación a lo absoluto es una sola así como solo hay un absoluto, es la necesidad infundada de crear relaciones de dominio movidos por el deseo y la avaricia lo que nos hace recalcar y exagerar esas diferencias aparentes para justificar con falsedad un control sobre otros que solo obedece al interés personal y son estos intereses los que articulan la relación entre la estructura mental y cosmovisión de europeos, africanos, e indígenas americanos en la Santa fe Colonial que escogimos como espacio arbitrario de este trabajo con la falsa ilusión que al encontrarnos en él la búsqueda de fuentes sería más sencilla aunque el nombre mismo de la ciudad nos incite a mirar cuestiones espirituales.

La dominación colonial española llevó a cabo en América una campaña institucional de conquista espiritual sobre los habitantes de los territorios conquistados justificando así el control de tan vasto territorio insertando la campaña dentro de una mentalidad medieval de cruzada y reconquista del mundo para el cristianismo. Sin embargo a los cautivos africanos no se les impuso la cruz con la misma fuerza pues las cuotas de trata justificaban comercialmente el dominio sobre ellos y no existía interés en controlar territorialmente África cuando el trafico de humanos era más lucrativo y menos engorroso que el dominio político. En este contexto la cristianización de los africanos fue tan solo un acto nominal para no contradecir la supuesta sacralización del continente americano. Al estado colonial no le preocupó nunca un verdadero adoctrinamiento de los africanos, le interesaba concretamente el dominio sobre sus cuerpos y no la salud de sus espíritus que por el contrario fueron continuamente atacados para mantenerlos en la obediencia.

Este trabajo intenta acercarse a esta problemática centrándose principalmente en dos conceptos; cosmovisión y estructura mental. El primero se refiere no solo a la actitud teórico practica que asumen las culturas en su interpretación del universo sino también a las formas que desarrollan los pueblos para representarlo y transmitir esa visión específica; partes fundamentales de esta son el cimiento cosmogónico que ofrecen los pensamientos míticos y religiosos y la conceptualización que se realiza de los elementos que se presumen conforman el cosmos, su orden y funcionamiento.

La estructura mental, al menos desde mi punto de vista, se ve recíprocamente influenciada por la cosmovisión, esta ultima ayuda a generar una forma particular de racionalización, de conectar y producir los pensamientos con los que intentamos interpretar la realidad, estableciendo distintos mecanismos (el termino conviene pues una vez establecida y asimilada estas funciones se realizan mecánica, automáticamente) bien sean de inducción, deducción, inferencia o tantas otras formas que escapan a mi conocimiento, la lógica formal de origen helénico en la cual se basa nuestra forma de racionalización es una de muchas formas en las que estos procesos se manifiestan. Estas formas de racionalización al desarrollarse junto al devenir histórico de los pueblos va fijando en el pensamiento y sentir de los hombres una forma específica de establecer y asumir las relaciones entre los hombres y de estos con el universo, es a esto a lo que denomino estructura mental. Trascribiendo el término en una formula ecléctica podríamos hablar de una episteme inscrita en la larga duración

El encuentro de indígenas, africanos y conquistadores españoles es también un encuentro de cosmovisiones y estructuras mentales, la naturaleza violenta de la intencionalidad de dominio español da el carácter de choque a este encuentro; al igual que en la esfera de lo político, la mentalidad europea trata de imponerse eliminando todas las particularidades de la indígena y africana que no sean útiles a sus intereses.

Se pueden señalar dos formas de confluencia a pesar de esto entre estas mentalidades[1]; una es la instrumentalización que realiza el conquistador, y tantas veces más el evangelizador, de las practicas e ideas indígenas para asimilarlas a la estructura social y religiosa española. Otra se refiere a las auténticas similitudes en ciertos aspectos de la cosmovisión, aquellos que se semejan sin necesidad de ser transvalorados; son las confluencias de este tipo en las cuales pretendemos centrarnos.

Podríamos para este fin entender el problema de la creación de sujetos antagonistas en términos de relaciones de dominio, punto de vista que en este caso no resulta difícil de sostener. La llegada del europeo a tierras americanas no puede reducirse a una simple secuencia de formas de apropiación territorial e imposición de regímenes políticos, por el contrario, la complejidad de estos distintos procesos se hace evidente cuando queremos ver como tantos otros lo han hecho, un contundente choque de estructuras mentales.

Esta labor ha sido ya realizada por múltiples estudiosos abarcando toda la manifestación del pensamiento dualista en la visión cristiana y la asimilación de los llamados infieles con la figura del adversario, estrategia que legitimó la deshumanización de indígenas y negros y la imposición del consecuente régimen ofreciendo una redención al adoptar estos últimos la condición de vasallos.

Conquista épica y sagrada.

Dignos emisarios de su señor el rey; representante de Cristo en la tierra gracias a la potestad que la divina voluntad confirió ya hace tanto al asiento de los sucesores de Pedro, poco menos que como tal podrían verse a sí mismos los Españoles al emprender su viaje hacia lo desconocido; estas tierras salvajes que según rezaba la tradición basada en la única ciencia valida para el momento, la teología; fue habitada por los hermanos de Sem, Cam y Jafet que el señor había desterrado. Por no mencionar la sería sospecha de que el diluvio había sido desatado en castigo a los horrores cometidos por aquellos que aquí se asentaron..

No estamos hablando de una mera justificación moral que nos da libertad práctica de conseguir lo deseado; se trata de un vinculo directo con la divinidad gracias a una suerte de burocracia espiritual que nos confiere mando, logrando siempre mayor poderío a medida que alcanzamos la cumbre de este ordenamiento cósmico más allá de lo humano; siempre en detrimento de aquellos destinados a ser sometidos, aquellas huestes del maligno que han de ser vencidas por el bien del plan del señor.

Podemos llegar incluso a ver más en este pensamiento propio en distintas formas a esta sociedad lejana a la secularización, el poseer una autoridad conferida por la divinidad nos hace automáticamente merecedores de los goces más supremos en los reinos celestiales, nos hace verdaderos santos que tan solo pueden obrar los designios del señor, dar bautizo a estas pobres almas que tan lejos se encuentran de Dios, idolatras afines al demonio, debían ser expiados del mal en sus tierras y acercándolas a su salvación, no hablamos aquí de una cruzada, sino de una obra de misericordia desde su propia lógica absolutamente loable.

No podemos asumir que esta actitud y la mentalidad que la alimenta fue un producto circunstancial motivado y afianzado por los sucesos en las colonias; por el contrario, este sentir de guerra santa se forjó durante ocho siglos de cruentas batallas morales y militares contra la ocupación islámica en la península; contra el infiel musulmán.

Esta vivencia sobrellevada por generaciones permitió que se acuñara fuertemente en las conciencias un enajenamiento de lo extraño, lo foráneo, convirtiéndose en algo lleno de misterio y peligro, algo que exudaba un hedor demoníaco que podía llegar a parecernos intoxicante y atrayente, pues tales son las malicias de Satán, algo que no era conveniente comprender, pues debía ser arrasado.

Esta actitud que fue tan propia del cristianismo no le es exclusiva; la visión del pagano o el salvaje como aquel ser amenazador físicamente pero totalmente incipiente en cualquier otro sentido se encuentra presente en casi toda cultura hegemónica que ve una amenaza al sistema que ha instaurado en aquellos pueblos que no han sido asimilados a él; esta rudeza prueba indudable de que no saben distinguir lo que es bueno y alto prefiriendo sus rústicas usanzas; esto no merece más que una fiera piedad armada que permita llevarles lo mejor del hombre a aquellos que lo desconocen.

Evidentemente el ansia de poder en sus múltiples sentidos y la tan humana necesidad de expandir de una u otra forma el área de influencia que se maneja movilizan estos sentimientos, sin llegar a abarcarlos por completo y produciendo otros nuevos; de allí surge esa llamada conciencia misional, impulso que se manifiesta en una labor verdaderamente sacra que debe convertir al infiel sea cual sea el costo, otorgándole así la salvación y alcanzando por dicho medio la propia. La ocupación otomana de Viena en 1529 hace parecer a la cristiandad como el reino sagrado amenazado y exige templar los corazones y empuñar las armas, cuando la reforma luterana estalla no cabe y duda de que tenemos a los ejércitos del adversario a nuestras puertas.

De ahí la importancia de esta herencia que nos asimila al hijo del hombre, es el linaje sacro el que nos impone actuar tal y como lo hacemos, de la misma forma que antes Dante vio en Cesar un personaje sagrado pues preparó la futura casa de los representantes del señor en Roma y antes aún su guía Virgilio quiso ver en el pío Eneas, hijo de Venus el padre de la Roma que pudo ver en el inframundo con el esplendor de la gloria de Augusto en su persona predestinada. Poco separados se encontraban Dios y el estado en las líneas de Dante y Virgilio citando tan solo dos ejemplos ampliamente conocidos.

Todos estos valores si bien no fueron los motores de la conquista, eran las más satisfactorias explicaciones al gran don, la riqueza y fama que alcanzar las indias significaba.

Los guerreros que tocaron tierra en estas costas eran de noble espíritu desde luego, por lo menos sus capitanes lo eran aunque ocasionalmente sus no tan dignos soldados los apuñalaran o meramente se amotinaran, venían a realizar el acto fundacional que confería un alma, un ser a estas tierras imponiendo el signo de la cruz a parajes que la desconocían, y construyendo las casas del señor que ahora puede habitar en ellas.

No es extraño que sea en estos grandes hombres que se centran las narraciones siendo en gran forma su hilo conductor y sus acciones las que describen al rey y al reino lo que sucedió en aquellas lejanas costas, importando los actos relacionados con la corona tanto como lo relacionados con la iglesia haciéndose lo que algunos llaman una historia civil- eclesiástica” por encima de otros relatos posibles a no ser uno de guerra

Pues es también la épica madre de las crónicas en las que los indios se podrían sustituir por monstruos ligeramente humanados, siempre belicosísimos, bravos, feroces, carniceros y sin duda antropófagos, el español guerreó contra ellos , rodeados siempre de fieras y enfermedades, este era un infernal camino que la providencia tubo a bien permitir fuera cruzado, al mismo tiempo denigrando la imagen de estos pueblos brutos que exigen una amonestación para llegar a ser hombres, como lo eran sus vencedores, todo esto resulta desde luego justificación e incluso impulso a las batallas, la sangre, y ante todo el dominio.

Continuamos ensanchando la brecha entre el campo ontológico en el cual el hombre funciona como un sujeto y el epistemológico en el cual pasa a ser objeto de estudio; nos hemos aproximado al imaginario; a los conjuntos de creencias, a la mitología que permite que estos sentimientos sobrevivan en el tiempo; y si hemos de hacer caso a Levi-Strauss, al ser los mitos una creación de la colectividad carecen estos de sujeto discernible; y antes que realizar un estudio desde el Yo y el Otro estaríamos reuniendo una serie de elementos que por encima de crear una serie de mecanismos de delimitación de la identidad, de una utilización de lo extraño para conseguir la auto-definición; nos muestran una forma de relación con el universo en la que danzan armoniosamente las ambiciones temporales con las promesas mítico-religiosas; escenario en que los fenómenos de la heteridad son tan solo una parte del conjunto.

Las practicas discursivas y los artilugios retóricos que podemos seguir en el tiempo incluso hasta Aristóteles han sido ya estudiados con profundidad por múltiple investigadores, desde el impacto de las narrativas medievales hasta la forma en que tanto en lo discursivo como en las formas de percepción la realidad fue ajustada para ceñirse a una serie de parámetros que poco a poco configuraron la normatividad europea aceptada para una sacralización del espacio.

La cultura española, independientemente de sus particularidades, forma parte de lo que podríamos llamar la mentalidad europeo-occidental u occidental, si bien es cierto que se encuentran en ella múltiples elementos específicos debido a su desarrollo como sociedad particular; encontramos por ejemplo en ella una acusada influencia musulmana, específicamente Omeya. De cualquier forma, esta influencia musulmana se ve intencional y subconscientemente cristianizada, enriqueciendo o complejizando el pensamiento de la cristiandad sin afectar sus principios y actitudes fundamentales de por sí bastante cercanos.

Es el componente judeocristiano el centro de la configuración de esta mentalidad occidental, el sustento de su cosmovisión; podemos aclarar que el cristianismo no es un sistema único y cerrado de pensamiento que tiene un desarrollo individual sino que se construye mediante la unión de distintos elementos y tradiciones alrededor de una doctrina que crece y cambia mediante estas asimilaciones, así, cuando nos referimos a cristianismo lo hacemos a la forma a que este asumió en la Europa católica del siglo XV.
El primer y principal elemento que nos concierne y con el cual se articula este trabajo es la concepción del tiempo, iniciando con el tiempo como un ciclo cerrado que podemos representar en forma circular en la tradición occidental. El tiempo mismo no existía entes de el momento de la creación (es esta el acontecimiento que nos permite hablar por primera vez de un momento), o por lo menos no un tiempo que concierna al hombre; una vez creado el universo y la pareja primordial, origen y síntesis de la humanidad; Adán y Eva viven un cortísimo estado ideal de perfección y felicidad en armonía con el creador y su creación, vida idílica que se ve interrumpida por la fatalidad del segundo momento, el momento crucial de la caída, el quebrantamiento del orden perfecto del universo, la armonía, el desequilibrio al cosmos en general; el momento del pecado, la trasgresión que da un carácter cíclico a la temporalidad, creando la necesidad de regresar al estado original que de otra forma jamás se habría abandonado.

Se entra entonces en el tercer momento, periodo en el cual nos encontramos, durante el cual el hombre busca compensar con sus acciones y devoción la falta cometida por sus padres y las suyas propias; esta gran estancia se verá interrumpida por el crucial evento del juicio universal, durante el cual se decidirá quienes podrán por sus méritos y la gracia divina volver a ese estado original de felicidad en la totalidad que el pecado les negó hasta entonces, cerrándose el ciclo al volver las almas pías al perfecto estado primigenio, permaneciendo las demás en eterna penitencia.

De este mismo conjunto filosófico – mitológico se desprende la que es desde nuestro punto de vista la cuestión esencial en el pensamiento cristiano: la culpa. Una vez cometido el pecado, la afrenta a Dios, el hombre a adquirido una deuda; debe ofrecer una compensación que supere la falta cometida, haciéndose necesaria una retribución con la que logre ganarse el perdón divino. Complicado aún más la situación del hombre ante su celestial acreedor, este envía a su hijo el Cristo, que muere en sacrificio sumo para que sean perdonados los infinitos pecados que pesan sobre la sombra de los humanos. Toda la penitencia que pudieran ofrecer los hombres no es suficiente para zanjar el sufrimiento que debe ser entregado, el señor, en su amorosa gracia ofrece el sacrificio que restauraría el orden cósmico, adquiriendo los hombres una nueva deuda, esta vez moral con aquel que a sido entregado, el cordero de Dios. Es la culpa aquello que mueve todo acto del cristiano convencido, culpa por sus actos ofensivos al señor y la deuda que estos le atraen, culpa por la muerte de aquel que fue crucificado, culpa que lo impele a alcanzar la salvación.

La espiral que se expande

Tomemos ahora la concepción cíclica del tiempo indígena que podemos encontrar manifestada en las representaciones calendáricas, nuestra fuente más confiable al respecto. En ella, el hombre al no encontrarse en situación alguna de deuda, estando libre de cualquier pecado original, ayuda, sin actitud penitente, a que la divinidad pueda sustentar el orden cósmico, orden que ya ha sido establecido y no requiere ser restaurado, tan solo mantenido; el hombre, como parte de la totalidad de la naturaleza, cumple dentro de ella las funciones que le son propias y se integra al orden natural, rigiéndose por los ciclos naturales de nacimiento, muerte y regeneración, y aquellos ciclos aun mayores de lo celeste; los ciclos astronómicos, que rigen o condicionan los más pequeños ciclos vitales. No encontramos aquí un miedo a la furia de la divinidad ofendida, encontramos un miedo al caos.

Esta visión no se limita a este sencillo esquema, los ciclos cósmicos de las estrellas son tan solo parte de ciclos mayores que conllevan a una evolución del universo; en esta cosmovisión, el tiempo crece, volumétricamente, en lo que gráficamente podría parecernos una espiral que se expande.

Dentro de esta visión el proceso creador no se limita a un momento único como en la cristiandad; invariablemente se da una constante regeneración del universo como totalidad, de ahí la importancia de la relación del hombre con la divinidad y su papel sustentador; este proceso de regeneración, de crecimiento, se encuentra inscrito en una serie de ciclos que presentan patrones que eventualmente se repiten, circunstancias que se vuelven a presentar trayendo consigo nuevos elementos, un más extenso devenir, podemos sustentar nuestra proposición del tiempo como espiral en el que las circunstancias (condiciones cósmicas, no simplemente humanas y vivenciales) retornan con periodicidad sin repetirse exacta y totalmente. su carácter expansivo se encuentra en las múltiples posibilidades que representan las distintas conjunciones entre los diferentes momentos o estadíos de los ciclos cósmicos con los ciclos, astronómicos y biológicos de menor duración; al tener todos distintos ritmos, distintas velocidades y duraciones, las combinaciones entre unos y otros van variando, creando así nuevos tipos de momentos, momentos en las que se dan diferentes combinaciones de condiciones, esas precisas combinaciones crean condiciones nuevas que complejizan los ciclos macrocósmicos modificándolos, haciéndolos mayores y ordenadamente mutables; es en este sentido que el tiempo crece efectivamente como un todo, la espiral se expande, mañana no es otro día, es el mismo que ha vuelto y a crecido[2].

El tiempo cristiano puede inscribirse como uno de los múltiples ciclos intermedios que constituyen el tiempo indígena, y ciertos momentos de ambos pueden coincidir en su concepción; la renovación que plantea la escatología sería tan solo uno de tantos instantes de regeneración que el conjunto de ciclos indígena presenta, podríamos aventurarnos a decir que dentro de la visión indígena se da cabida a infinitos Apocalipsis, momentos en los que se instaura un nuevo y mejor orden que surge de la depuración de las condiciones presentes, momento del sufrimiento necesario para mantener la armonía universal; si no fuera necesario, ¿cómo justificar la existencia humana?.

El carácter sacrificial se presenta tanto en Europa como en América, pero entre los americanos no se presenta como una cuestión de búsqueda de redención, como muestra de retribución, sino propiamente como alimentación, la entrega de elementos que nutren o fortalecen aquellas potencias que le dan su carácter ordenador al universo, el sentido sería esencialmente el mismo, una manifestación de la voluntad de mantener un universo ordenado, sin descompensaciones -morales o de otro tipo-; si se omitiera el carácter trágico que le da la penitencia, se eludieran los fatalismos.

Las similitudes que acabamos de señalar, permiten desde nuestro punto de vista, que concepciones tan disímiles muestren cierta compatibilidad, facilitaron que la cultura occidental fuera mejor asimilada por el indígena , y le permitió que el ejercicio intelectual que realizaba para comprender los acontecimientos que estaban cambiando su formas de vida puediera realizarse en sus propios términos. Algo muy distinto a un desesperado intento de justificar los acontecimientos aferrándose a su tradición, explicando aquello que no comprende desde la mitología; actitud que tantos autores han pretendido mostrar.

Es esta diferencia de planteamientos lo que aquí hemos querido llamar retóricas, la posición desde una serie de presupuestos culturalmente adquiridos que nos guían hacia determinadas concepciones y formas de exponerlas.

La narración desde las formas retóricas propiamente dichas, que ofrecen una guía exacta para describir cierto tipo acontecimientos o escribir cierto tipo de textos (históricos por ejemplo), que presenta toda situación como un enfrentamiento entre virtudes y defectos. La omnipresencia de la actitud ejemplificante tanto en la expresión escrita como en la pictórica y escultórica, la inherente intencionalidad pedagógica a esa actitud. La visión desde la perspectiva cristiana como una gesta, una virtuosa y gloriosa forma de lograr en batalla la salvación y relacionando la primera con esta última la tradición medieval de la mentalidad y narración caballerescas, se interponen como recursos retóricos a la exposición y juicio de las sociedades indígenas que fueron encontradas en la conquista y que son expuestas en las crónicas, y se mantienen en las referencias que de ellos se hace durante la colonia, nuestras principales fuentes sobre “lo indígena” como historiadores omitiendo absurdamente las arqueológicas.

Son estos antiguos recursos retóricos, sumándose muchas veces a estos, aquellos que denominamos ciencia social, nuevos parámetros que nos imponen una nueva forma excluyente, que llega a considerarse por muchos como la única válida social e incluso epistemológicamente para referirse al indio, los que nos impiden, muy a pesar nuestro, aproximarnos a su estructura mental, a los indígenas como hombres, seres reales y no meros objetos de estudio.

Son para mí estos recursos retóricos y no las aparentemente incompatibles formas de pensar entre el indígena y el occidental los que crean una alteridad. El otro se ve reducido a la forma que uso para referirme a él, en lo que a mí respecta, su pensar desaparece, el piensa como yo creo que lo hace. El otro soy yo, aquello que de mí creo ver, y aquello que me permite justificar un tratamiento que no permitiría que se me diera a mí mismo, el otro es una imagen mental utilitaria, no un ser; el otro es retórica, y como tal debemos estudiarlo, los hombres que se señalaron como otros, son eso, hombres, y como tal deberíamos entenderlos. Si sopesamos sensatamente las intromisiones retóricas, puede que logremos acercarnos a su pensamiento, intentar no introducir nuestros conceptos en él, de otra forma, estaremos transvalorando de nuevo.

Tiempo africano, universo total.

Stephen Biko ( 1946-1977) pagó con su vida el develamiento del poder coercitivo del lenguaje abriendo el camino para la emancipación cultural y política surafricana, al delatar la intencionalidad de expresiones pretendidamente fortuitas como “la oveja negra”o “el mercado negro” como parte angular del proyecto de dominación europeo nos abrió también la puerta para referirnos a las inmisericordes batallas por la construcción de sentido como escenario de la colonización impuesta por las potencias europeas en el caso africano y al complejo proceso de descolonización tan intrincado en sus aspectos cultural, mental y académico y específicamente a los combates librados en el campo de la construcción de conocimiento.

Es precisamente la naturaleza utilitaria de la relación del sector dominante con las poblaciones africanas lo que limita la referencia a ellos en las fuentes escritas a aspectos de orden práctico, generalmente económico y obvian por completo cualquier aspecto de su vida que salga de ese rango a no ser que las acciones de un negro (o de su amo con relación a él) tengan alguna incidencia en el factor prestigio, crucial en la sociedad colonial, particularmente en la urbana. Por otra parte se extiende el velo del desprecio que lo que no sataniza lo ve como insignificante y ya sabemos el peso de este sentimiento en las relaciones entre europeos y africanos en el ámbito colonial.

Aparte de estos elementos que podríamos llamar culturales debemos tener en cuenta los socio económicos y geopolíticos que articulan la vida santafereña del siglo XVII, que bien podríamos separar en locales, regionales, interregionales e intercontinentales. Las dificultades geográficas de la nueva granada y la precariedad de sus vías de comunicación llevaron a una organización regional del espacio que como nos muestra Colmenares[3] estaba jalonada por los hallazgos auríferos y que fue tejiendo redes regionales de poder y distintos tipos de relaciones comerciales y en menor medida de influencias en circuitos interregionales; esta situación dio gran independencia a las regiones y permitió ciertos desarrollos particulares. Así Santa fe y su zona de influencia se veía marcada por la abundancia de mano de obra indígena, el abastecimiento de la ciudad por medio de las haciendas de la sabana y la centralización del poder político y administrativo con la instalación en la ciudad de la gran audiencia y el arzobispado además de poseer una cotidianeidad más bien rural debido a la inmediatez de los cultivos la multitud de huertas dentro de la ciudad y la constante necesidad de abastecimiento de agua y leña.

Este entorno llevó a que los esclavos urbanos fueran esencialmente domésticos y se buscara un alto grado de integración es decir un mínimo de africanidad pues esta era una situación de máximo contacto y convivencia entre africanos y europeos, distinta a la separación cotidiana y espacial dada en los entornos rurales esto desde luego daba un carácter particular a las relaciones entre amo y esclavo, podemos sumar a esta preferencia por un alto grado de occidentalización una diferenciación entre el ámbito cosmopolita y frecuente afluencia de bozales presentes en Cartagena de indias que se suman a una institución específicamente creada para vigilar catalogar y en el proceso describir las manifestaciones de espiritualidad como el tribunal de la inquisición

Tomemos ahora la concepción vitalista del tiempo africano. En ella, al igual que en la visión indígena el hombre ayuda, a sustentar el orden cósmico, y como parte de la totalidad de la naturaleza cumple dentro de ella las funciones que le son propias y se integra al orden natural rigiéndose por los ciclos naturales de nacimiento, muerte y regeneración y los ciclos celestes que condicionan los más pequeños ciclos vitales. Encontramos tambien un miedo al caos pero esta vez entendido como disminución de la fuerza vital.

Siguiendo a M. Bubu Hama y Joseph Ki-Zerbo[4] “Para el africano… el tiempo no es la duración que impone un ritmo al destino individual, sino el ritmo respiratorio de la comunidad… abarca e incorpora la realidad en ambas direcciones. Las generaciones pasadas no están perdidas para el presente: a su manera siguen siendo siempre contemporáneas y tanto o más influyentes que cuando vivían. En tales circunstancias la causalidad actúa, evidentemente, de atrás hacia delante, del pasado al presente y del presente al porvenir, no solo mediante los hechos y acontecimientos sino también por una intervención directa que puede obrar en cualquier dirección”.[5] Contradiciendo la visión eurocentrista que atribuye una existencia pasiva a los pueblos africanos esta mentalidad vitalista nos muestra al hombre como un agente activo en el ordenamiento universal en contraposición al penitente cristiano en espera del ineludible juicio. “En el pensamiento tradicional (africano) el tiempo percibido por los sentidos no es sino un aspecto de otro tiempo vivido por otras dimensiones del individuo”.[6] Esto nos muestra otra diferencia fundamental entre ambas cosmovisiones: mientras platónicamente el europeo moderno separa la vida material y los reinos espirituales, el africano vive la descripción mágica de mundo sin separar nunca ambos universos que para el cristiano solo son unidos por el puente de la muerte o por ventura pueden llegar a mezclarse en rarísimas ocasiones mediante extraños portentos.

África llegó hace milenios a una conceptualización que en su arrogante desconocimiento del conocimiento no occidental occidente exhibe como uno de sus orgullos intelectuales contemporáneos, la unión de las dimensiones espacio y tiempo. Con una armónica sencillez otorgada por el desembarazo de un lenguaje cientificista y el supremo peso del Cogito cartesiano la existencia se expresa en términos de la vivencia[7] configurando un sistema de ser bastante distinto al de occidente: “ En ausencia de la noción del tiempo matemático… el tiempo sigue siendo lo vivido… el tiempo es el lugar donde el hombre puede siempre luchar contra el agotamiento y por el aumento de su energía vital… el tiempo es el espacio cerrado y el mercado en el que se disputan o se armonizan las fuerzas que habitan el mundo. El ideal tanto de los individuos como de los grupos es defenderse de toda disminución”.[8]

Pero esta mentalidad fácilmente expresada en tan pocas palabras gracias a la coherencia de lo que se vive y no se hiper-racionaliza es despreciada como primitiva por la conceptualización desde las formas retóricas que ofrecen una guía exacta para describir cierto tipo acontecimientos o escribir cierto tipo de textos (históricos por ejemplo) y presentan toda situación como un enfrentamiento entre virtudes y defectos. La actitud ejemplificante es recurrente tanto en la expresión escrita como en la pictórica, escultórica y audiovisual de occidente revelando la intencionalidad pedagógica y hegemónica inherentes a esa actitud. La visión desde la perspectiva cristiana como una gesta, una virtuosa y gloriosa forma de lograr en batalla la salvación en el modo de la tradición medieval de la mentalidad y narración caballerescas, se interponen como recursos retóricos a la exposición y juicio de las sociedades “exóticas” se han mantenido con escasas mutaciones de forma que atienden al lenguaje y las circunstancias de cada momento histórico desde el medioevo hasta el presente. Estos antiguos recursos retóricos se suman muchas veces a aquellos propios de lo que denominamos ciencia social, nuevos parámetros que nos imponen una forma expresiva excluyente que llega a considerarse por muchos como la única válida social y epistemológicamente para referirse al universo se suman a la instrumentalización directa de ciencias como la antropología y la etnología en los procesos de dominación. Los planteamientos eurocéntricos continúan la gesta cruzada de una cristiandad que se expande, se apropia y utiliza, amparándose ahora con los evangelios del progreso.

El peligro del mestizo.

Encontramos en la Nueva Granada una sociedad que tras un proceso de consolidación que tomó mas de dos siglos, durante el cual las relaciones incrementaron su complejidad gradualmente; consolidó en su mecánica interna una estratificación social que presenta sectores sociales claramente diferenciados mediante múltiples mecanismos, que alcanzan formas de expresión que deambulan entre lo triste y lo ridículo en un afán de pomposidad del que por lo visto no nos hemos podido desprender y cuyas manifestaciones aun padecemos.

¿Pero a que viene esta intrincada parafernalia que condicionó la vida de tantas almas?: desde lo que puedo percibir todo se reduce a una disputa por privilegios y la generalizada concepción de que una superioridad estamental proporciona bienestar, es decir, que podemos sentirnos mejor disminuyendo a los otros.

Nos enfrentamos en esta colonia a una jerarquización moral a la que hemos estado atados desde antiguo los hombres según la cual el titulo (si, el titulo, el nombre, la forma de ser llamados y poco más que eso) otorgado por el organismo estamental reinante determina la valía de cada cual, en el caso de la Nueva Granada estos títulos adquirieron un matiz particular debido a la exigencia de todo peninsular aquí llegado de ser tratado con primacía sobre aquellos que de otra forma se encontraran aquí.

Esto era más que natural ya que Dios había concedido potestad al español sobre los salvajes que pululaban en estas tierras siendo por lo tanto cualquier español mejor que ellos; encontramos aquí el principal fundamento ideológico de esa discriminación que tanto se adorno posteriormente; aunque halla sido el uso de la fuerza el verdadero argumento a la hora de implantarla, y en buena medida la raíz de ese sentimiento de superioridad que de otra forma no hubiera podido ser generado; pero ante esta natural división de las cosas surgió una realidad que la dificulto cabalmente; el mestizaje.

Esta inconveniente mezcolanza dificultó lo que hasta ahora había resultado tan sencillo, determinar a quien correspondía disfrutar de los distintos privilegios. Esta cuestión resultaba crucial para el mantenimiento de esa sociedad que lentamente se había conformado, sociedad parasitaria que se sostenía tan solo mediante el acuerdo en que unos debían obediencia a los otros debido a su nacimiento; es de esta evidente necesidad que surge el fantasma de la pureza de sangre.

Así se fue transfigurando el ideal de nobleza que se había heredado de las usanzas medievales, despojándolo por cierto de esa exquisitez con la cual había sabido adornarse, convirtiéndose por lo general en algo grosero que tan solo giraba alrededor de las momentáneas vivencias provinciales; bastante disiente es que pudieran adquirirse los calificativos de noble con notable facilidad con respecto a la obtención de la hidalguía.

Múltiples fueron las manifestaciones de esta discriminación pero su naturaleza fue siempre la misma; si bien Jaramillo Uribe nos muestra como se plasmo en instituciones como el matrimonio y la educación esto no quiere decir que nos encontremos frente a nuevos tipos de diferenciación, se trata simplemente de escenarios que nos pueden ayudar a ejemplificarla. A la par que se instrumentalizó la pureza de sangre como mecanismo para otorgar privilegios, aquellos que tan afanosamente los buscaban aprendieron fácilmente a emplearla, siguiendo la lógica de denigrar al prójimo para resaltar la propia condición, la pureza se convirtió en un arma para eliminar la competencia o simplemente vituperar a aquellos que se quería deshonrar.

Mas allá de los usos que se le halla dado y de las incontables querellas que por su medio se hallan desatado la dinámica de este sistema de diferenciación fue siempre la misma; a mayor blancura mayores beneficios. Esto no quiere decir que el uso de esta para atacar la honra no tuviera repercusiones fuera de la esfera del ego del agraviado. Ignorar la afrenta era desde luego aceptarla y al hacerlo se renunciaba a aquello que el estatus había ya garantizado, desde luego estas cosas no podían siempre tomarse a la ligera.

Tal vez fue ese desequilibrio que ocasionó el mestizaje lo que provocó que el mestizo fuera en tal forma demonizado, además del obvio encumbramiento que significaba al español tener nuevos estratos bajo el suyo propio. Sin embargo fue el mestizaje lo que permitió una evolución de la sociedad colonial y lo que le permitió ese rango de movilidad social que no nos permite aún catalogarla como sociedad abierta o cerrada, alivianando mediante sus infinitas posibilidades la carga de una segregación racial, desmintiendo cada vez más los ideales de pureza racial mientras obtenía por métodos que no siempre se limitaron a los económicos la aceptación que se le estaba negando.

Un universo expandido: Santa fe de Bogota.

Ya hemos insistido bastante en que son los recursos retóricos claramente alimentados por una voluntad de dominio lo que crea una heteridad exacerbada, obsesiva en la América colonial como lo demuestra su detallado sistema racial de castas que se eleva como una reacción al masivo golpe psicológico y político que representaba para el europeo la unión de sangres y tal vez peor aun la unión de distintos cosmos, que podrían desbaratar la ilusión de su yo superior al otro y la naturaleza misma de su existencia en el nuevo continente, su mundo vivencial.

No cabe duda que las cosmovisiones se acercaban tanto como los cuerpos de distintos continentes en las noches neogranadinas: los señores españoles temían los poderes de sus esclavos que a subes aprendían de indígenas los secretos de los espíritus de estas nuevas tierras y de sus amos sus propias formas de magia, mientras ambos negros e indios sin estar enceguecidos por el poder veían los paralelismos entre sus propias nociones del cosmos y las de sus opresores, acrecentando su propio cosmos al sumar a su cartografía espiritual los territorios descubiertos por los seguidores de cristo.

La globalización se gesto antes en el espíritu que en la carne, como siempre precediendo lo de arriba a lo de abajo; los modos de producción del globo se acercaron de forma mucho más lenta que las vivencias espirituales, ligeras desprovistas en algún grado del lastre de la materia aunque condicionadas por ella.

Notas:

[1] Utilizaremos el término mentalidad de forma arbitraria – aunque práctica – para referirnos a la unión de cosmovisión y estructura mental como un todo,
[2] verso Hopi .
[3] COLMENARES. German. Historia Económica y Social de Colombia 1537 –1719. Tomo I, Bogotá, Tercer Mundo, 1999
[4] KI-ZERBO, Joseph, BUBU HAMA, M. Tiempo mítico y tiempo histórico en África. Revista El Correo de la UNESCO, agosto-septiembre 1979, Año XXXII, p. 12.-16.
[5] Op cit. p 12.
[6] Ibid. P 13
[7] Tal vez Walter Benjamín con el desarrollo de la teoría de la experiencia a lo largo de su obra se haya acercado a este sentir africano.
[8] Ibid. p 14.
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