Algunas breves consideraciones semióticas
Esa obra (la obra subterránea de Menard), consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós… Ser, De alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo –por consiguiente menos interesante – que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard… El fragmentario del quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Este, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como realidad la tierra de Carmen… Desatiende o proscribe el color local. Este desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica…La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, deposito de las acciones, testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente, advertencia de lo porvenir.Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, deposito de las acciones, testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente, advertencia de lo porvenir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales – ejemplo y aviso del presente, advertencia de lo porvenir – son descaradamente pragmáticas.

Jorge Luis Borges: Pierre Menard autor del Quijote.
Ficciones, en: Obras completas 1923-1972. Emecé, Buenos Aires. 1974

Autor y lector modelo se entenderá siempre, en ambos casos, determinados tipos de estrategia. El lector modelo es un conjunto de condiciones de felicidad, establecidas textualmente, que deben satisfacerse para que el contenido de un texto quede actualizado[1]

Borges y Eco parecen complementarse sutilmente en estas citas como reunidos por la labor de un juicioso compilador, ilusión que se desmorona cuando leemos tanto en Lector in fabula como en Los límites de la interpretación[2] la confesión de Eco, que cita la propuesta de Borges de leer La imitación de Cristo como si fuera escrita por Louis Ferdinand Céline, esta formula para “llenar de aventura los libros más calmosos”[3] es dada en el articulo del que extrajimos los fragmentos que abren este texto. La confesión de Eco supera la referencia complementaria, está aceptando la prefiguración de su teoría en la obra de Borges, haciendo notar que él la traslada de lo lúdico literario a lo semiótico.

Podríamos considerar descaradamente que tanto Eco como yo somos en este caso lectores modelo de Borges, dotados de las competencias necesarias para aprehender las ideas de Borges sin dotarlas de un sentido que no poseen y accionar el “mecanismo perezoso”[4] del texto sometiéndolo a interpretación y cooperando con él completando su sentido sin necesidad de romper con las reglas de la conversación o recaer en tediosísimas redundancias, al tiempo que apreciamos la elegante rebeldía del escritor argentino, nos inscribimos en la dinámica del conocimiento occidental, disponemos del conocimiento previo de las obras, autores y conceptos que se mencionan, poseemos el léxico necesario para leerlo, una disposición libre de sospechas ideologizantes a pesar de la presencia de circunstancias discursivas que permitirían hacerlo, como el que en otro lugar del mismo texto Borges hable con enfado de “masones y circuncisos”; como lectores, los dos conocemos y poseemos las condiciones de socialización para leer un divertimento intelectual del siglo XX sin ofendernos por su desafío a los cánones o revaloración de las figuras ilustres de la literatura entre otras competencias y disposiciones que sumarían las condiciones de felicidad para leer este texto particular.

Se puede inferir que si ese texto exige estas condiciones específicas para su actualización, cada texto exige las suyas propias, estas exigencias son las estrategias textuales que utiliza el autor para definir su lector modelo, su target, construyéndolo muchas veces antes que esperar a que simplemente aparezca. Borges ayuda a crear su propio lector modelo mostrando las diferencias de sentido que se pueden extraer de un mismo texto cuando se escribe en la España del siglo diecisiete y por un simbolista francés contemporáneo suyo; otorga competencias que pueden no estar aún creadas. Yo por mi parte, en el párrafo anterior pongo entre comillas las palabras masones y circuncisos con la doble intención de marcar una cita y deslegitimar el carácter peyorativo de dicho comentario, algo que sugiero pero no aclaro, esperando cándidamente a que el lector posea ya las condiciones para reconocer esas dimensiones de mi mensaje arriesgándome a que desaparezcan, y a oscurecer el texto al no plantear abiertamente la relación entre ideología derechista y antisemitismo que se hace presente en el texto de Borges por medio de ese simple comentario. En otros palabras, el mío es un texto verdaderamente perezoso y mis estrategias textuales dan al mismo tiempo un gran espacio para la aberración interpretativa y libertad al lector para que lo enriquezca con sus propios conocimientos y aptitudes; mi lector modelo sería distinto al de Borges o al de Eco, yo exijo mucho más del lector porque ellos son mucho mejores escritores. Dispongo con más soltura de Eco que el mismo Eco, y escudándome en sus ideas de la participación del lector me despreocupo de la ambigüedad de mis líneas, repartiendo culpas antes que reforzando mi semiosis.

Por otra parte, desde mi punto de vista Jorge Luis Borges sería el autor modelo del tercer capitulo de Lector in Fabula (texto que contiene las propuestas semióticas que estamos tratando), fue Borges quien produjo el universo discursivo que permite las consideraciones contenidas en el texto de Eco, mientras que el señor de barba que se sentó a teclear acuñando el termino lector modelo, no sería más que su autor empírico. Para otros el Eco que desentraña el superman televisivo y el rinoceronte de Durero, o tal vez el que otorga el odio a la risa a un monje y la corte de diabólicos a Casaubon, es sin duda el autor tanto modelo como el autor empírico de esa aguda disquisición semiótica.

En las páginas anteriores junto a una suerte de Dramatización de los roles de actor y lector modelo y empírico (yo desde luego jugaría el papel de lector empírico de Eco, el que lee sin poseer las condiciones exactas que su texto busca) se han desplegado los mecanismos de la semiosis: una acción o influencia que es o implica una cooperación entre tres sujetos, como por ejemplo, un signo, su objeto y su interpretante; no pudiendo resolverse de ninguna manera tal influencia tri-relativa en una influencia entre parejas[5] mediante la utilización de estrategias textuales que en algunos casos han sido referidas. Tambien podría decirse que en este breve texto se integran cuestiones que Eco ve como el producto del cambio de paradigma en el estudio del lenguaje, pasando del análisis del texto como objeto dotado de caracteres estructurales propios, a la discusión de una pragmática de la lectura[6], y se sustenta este discurso retomando la idea de Foucault de que el autor es una manera de ser del discurso, campo de coherencia conceptual y coherencia estilística(esta noción también subyace al texto de Borges), permitiéndole articular su propuesta sobre el momento de la lectura y las formas de interpretación.

El esfuerzo de interpretación según Eco puede dirigirse a la intentio autoris, la intentio operis o la intentio lectoris (intención del autor, la obra o el lector respectivamente) y propone como objeto central la intentio operis, dado que el sentido literal de cualquier expresión es la fuente de cualquier forma de figuración o valoración que quiera dársele, así, perro se refiere a un cuadrúpedo mediano antes que a cualquier acepción que puedan darle a la palabra las infinitas jergas posibles, siendo el sentido literal la base para cualquier discusión sobre la naturaleza de la semiosis. Para Eco esa discuciónl puede hacerse de una forma semántica: es decir analizando la forma en que el destinatario llena de significado un manifestación textual lineal; o de manera semiótica, tratando de explicar las razones estructurales por las que un texto puede producir determinadas interpretaciones semánticas, Eco propone la segunda forma como la más aconsejable.

Un texto puede interpretarse de ambas formas, pero en particular los textos con una función estética prevén que pueden ser sometidos a ambas simultáneamente, y de acuerdo a ello ponen en juego sus estrategias, invitando por ejemplo al lector a que complete sus silencios.

La lectura de un texto que establece en un punto de él una interpretación plausibe, que no se contradice con ninguna otra parte del mismo, podrá descubrir la intentio operis, utilizando el principio popperiano de falsación para determinar que interpretaciones son inaceptables, utilizando una parte del lenguaje como interpretante de otra, arrojando una conjetura sobre la intentio operis, siendo rechazadas otras por la coherencia del texto. El énfasis en la intentio operis refuerza el papel del lector en la construcción del texto en lugar de menguarla.

Así, el lector podrá concluir que este texto trata de exponer unas cuantas ideas de Eco asociándolas con las de algunos otros autores, tal ves sin percibir la intentio autoris de aprovechar un ejercicio académico para promover la lectura de Borges, intención movida tan solo por un gusto compartido por los tigres y las espadas.

[1] ECO, Humberto. Lector in Fabula. Lumen. Bercelona, 1981. p 89.
[2] ECO, Humberto. Los límites de la interpretación. Lumen . Barcelona, 1992
[3] BORGES. Jorge Luis. Pierre Menard autor del Quijote. Ficciones, en: Obras completas 1923-1972. Emecé, Buenos Aires. 1974

[4] ECO, Humberto. Lector in Fabula…. p 76
[5] ECO, Humberto. Los límites de la interpretación… p 17
[6] Op cit. p 20 citando a Pierce, CP: 5.848